Los chapines siempre hemos sido muy respetuosos de los símbolos patrios, quizá porque la mayoría crecimos bajo regímenes militares, con plantones cívicos todas las mañanas de lunes, con izada de pabellón nacional, canto de himno y propósitos semanales de morir por la patria, aunque no entendiéramos lo que dicha frase significaba. En las manifestaciones estudiantiles más violentas contra el poder represivo y dictatorial de Lucas García no recuerdo haber visto a nadie envolviéndose en la bandera azul y blanco, ni quemarla o destruirla como hacen los gringos (a quienes siempre andamos imitando), porque aquí hasta los más rebeldes guardan cierto prurito nacionalista, porque con los símbolos patrios no se juega, así como tampoco toleramos que se insulte a la madre.
Pero los tiempos cambian y el mal ejemplo de los políticos se ensaña contra todo lo sagrado. Pareciera que el acuerdo es despojar al país de sus costumbres o valores. Las nuevas generaciones no tuvieron patria sino guerra, demostraciones en lugar de actos cívicos, carreras de desarrapados con antorchas en lugar de desfiles militarizados para el día de la Independencia; ya no conocieron la solemnidad de los timbales y redoblantes, y tampoco quieren vivir en Guatemala, un país donde los símbolos patrios ya no los respeta ni el mismísimo Presidente, según quedó demostrado la semana pasada durante la celebración de su cumpleaños en la colonia El Amparo. El mandatario quiso pasar de muy social ante los camarógrafos de la televisión, y sopló enternecido las velitas de un pastel enorme decorado con la bandera nacional y el escudo del Quetzal sobre las hojas de laurel al centro.
¿Recuerdan la línea en nuestro himno modernista que amenaza a quien con ciega locura su albura pretenda manchar? Asumamos que la bestialidad emanó de algún subordinado medio tarado pero simpático, ¿qué le vamos a hacer? Pero lo que impresiona es la incapacidad del señor Presidente para detener tal desatino. Ubico hubiera mandado al calabozo al pastelero, a pan y agua junto a quien contrató la ofensa. Estrada Cabrera hubiera desatado una tempestad sangrienta, aunque en dichos tiempos no hubiera habido nadie capaz de atreverse a infringir tal insulto. Arévalo o Arbenz, jamás hubieran permitido tal desatino. Y sin embargo nuestro actual Presidente parecía un niño feliz; medio estrelló la cara en la torta, manchándose la nariz con el turrón azul de nuestra dignidad, chupándose los labios con tan rico suelo, todo suyo para comer y repartir.
Gracias a Dios se acabaron los dictadores, pero no me acostumbro al irrespeto contemporáneo y a la voracidad. Juegan con los símbolos patrios y hasta los están cambiando sin preguntarnos, donde nos separan a los ciudadanos en cuatro categorías. Siento que en realidad vamos para atrás como cangrejos.
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