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Robert Mugabe: de libertador a tirano

Al presidente deZimbabwe le llovieron en su momento, los reconocimientos por su lucha en la independencia de la antigua Rodesia. Hoy, se le considera uno de los peores mandatarios de la convulsa África.

Por: Beatriz Colmenares

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Zimbabwe vive el peor de los tiempos. A una inflación que ronda el 100 mil por ciento se suma la amenaza de que 4 millones de sus habitantes sufran de hambre el año entrante, debido a la ausencia de semillas y fertilizantes. Ocho de cada diez personas no tienen empleo. Y la perspectiva de que el Gobierno de Robert Mugabe, de 84 años, llegue a su fin parece alejarse. El mandatario, considerado aún hoy por algunos héroe por su lucha contra el colonialismo, no quiere soltar el poder y hace todo lo posible para mantenerlo.

Este viernes, el país acude a las urnas para decidir, en segunda vuelta, si se queda cinco años más o si se le da la oportunidad de dirigir los destinos de la empobrecida nación a Morgan Tsvangirai. Sin embargo, la oposición la ha tenido cuesta arriba. Desde la primera vuelta, el 29 de marzo, a duras penas ha podido realizar mítines. La Policía ha detenido al candidato cinco veces en semana y media y, para postre, Mugabe amenazó con la guerra civil, con los veteranos de la guerra de liberación apoyándole, si pierde las elecciones. A sus simpatizantes les dice que si no gana, su rival le daría de nuevo a los blancos el control del país.

A ello, deben agregarse otras prácticas poco democráticas. Se ordenó a la población desmontar sus satélites para que no puedan ver los mensajes de la oposición emitidos en medios extranjeros. La emisora estatal anunció que no emitirá más anuncios electorales para Tsvangirai. El ministro de Justicia, Patrick Chinamas, argumentó que ya tenía bastante propaganda en los medios extranjeros.

El diario sudafricano Sunday Times informó sobre un plan de la temida Policía secreta, la Organización Central de Inteligencia, para aplicar sistemáticamente la violencia e intimidar a la oposición por medio de la tortura, secuestro y asesinato. Ello incluye condicionar la entrega de alimentos a quienes no se muestren leales a Mugabe.

Los del Movimiento por el Cambio Democrático (MDC) de Tsvangirai aseguran que 70 de sus miembros han muerto desde la primera vuelta, muchos de ellos mutilados o quemados vivos. Otros 3 mil se encontrarían internados en hospitales y 25 mil habrían sido expulsados de sus hogares. Su secretario general, Tendai Biti, está detenido y se amenaza con acusarle de traición, lo cual conlleva la pena de muerte. Mugabe asegura que los responsables de la violencia son ellos, no él.

Observadores independientes y defensores de derechos humanos sostienen todo lo contrario.

Sin embargo, cada vez quedan menos observadores: el 17 de junio el Gobierno expulsó a un experto enviado por la Alta Comisaría de la ONU para los Derechos Humanos, Louise Arbour. Human Rights Watch asegura que será imposible desarrollar unas elecciones libres y justas en las circunstancias actuales.

La realidad deZimbabwe no fue siempre así. En los primeros años posteriores a la independencia británica, conseguida en 1980, el país pintaba para ser uno de los más prósperos del continente.

Tenía calles pavimentadas, cuatro aeropuertos y un sistema de educación incluyente y riguroso, obra de Mugabe.

El mandatario llegó al poder prometiendo reconciliación, a pesar de él haber estado preso, sin juicio, durante una década. En los primeros años de su gestión, construyó clínicas de salud que eran la envidia de toda África. En ese entonces, apoyaba a los granjeros blancos, a los banqueros y a los industriales. Y a nivel internacional pocos le criticaban, porque era uno de los más fuertes críticos del apartheid en Sudáfrica. Aún conserva un título honorario de la corona británica, el de Comandante Caballero de la Orden de Bath; el Premio Internacional de Derechos Humanos de la Universidad de Howard en Washington, que recibió en 1981 y un premio de la ONU por su lucha contra el hambre en África que obtuvo siete años después.

Hasta 1997, la economía deZimbabwe era la que mayor crecimiento registraba en el continente. El país exportaba maíz, algodón, carne, tabaco, rosas y caña de azúcar. Hoy, su mayor producto de exportación son profesionales, que abandonan el país en cientos de miles todos los años.

Y la responsabilidad de la debacle recae en Mugabe. Sus medidas acabaron con la capacidad productiva de uno de los suelos más fértiles del continente. En los últimos años, a los blancos se les expropiaron las fincas productivas. Más del 70 por ciento las había comprado cuandoZimbabwe ya era independiente, y aunque en su momento se consideró como una medida necesaria para redistribuir la tierra (ellos representaban menos del uno por ciento de la población y eran dueños de la mitad de tierra cultivable), estas propiedades cayeron en manos de amigos del mandatario, funcionarios o en miembros del partido oficial, la Unión Nacional Africana de ZimbabweFrente Patriótico (ZANU–PF), quienes tienen poco interés o conocimiento para hacerlas productivas.

A pesar de la temeraria mala administración y la corrupción desenfrenada, el país no ha sufrido aún de una hambruna de enormes dimensiones al estilo Etiopía, pero ello se debe a las donaciones internacionales: Naciones Unidas alimenta a la mitad de la población. Sin embargo, Mugabe les prohibió el mes pasado hacerlo, argumentando que quienes trabajan para las organizaciones de ayuda apoyan a la oposición (aunque esta semana levantó parcialmente las restricciones, después de una apelación directa del Secretario de la ONU, Ban Ki Moon).

El mes pasado, Mugabe acudió a la más reciente conferencia convocada por la FAO en Roma para abordar la crisis de alimentos en el mundo. En esa ocasión, aseguraba que los males de su país eran entera responsabilidad de Occidente. Difícil de creer: hace unos años, la ONU contaba con la agricultura deZimbabwe para alimentar al resto de África. A todo lo anterior, ha de sumarse la pandemia del sida. A principios de los años setenta, la esperanza de vida en el país era de 56 años.

Hoy, es de 35. Un tercio de la población está infectada con el virus.

Según algunos opositores y observadores internacionales, Mugabe es hoy el rostro de una junta militar que dirige los destinos del país. No todos lo ven así, pero es obvia la poderosa influencia que tienen los jefes de seguridad, muchos de ellos lugartenientes en la guerra de independencia. De entre ellos destacan el comandante del Ejército, Constantine Chiwenga; el jefe de la Policía, Augustine Chihuri y el director de prisiones, Paradzayi Zimondi. Todos ellos, han dicho que no aceptarían a
Tsvangirai como presidente.

Ante esta situación, Estados Unidos ha pedido en reiteradas ocasiones convocar al Consejo de Seguridad de la ONU. El jefe de Gobierno de Kenia, Raila Odinga, pidió el envío de cascos azules. La política sudafricana de la oposición, Patricia de Lille, declaró tras una visita al país que la situación se asemeja a una guerra civil y pidió una cumbre de emergencia de la Comunidad de Desarrollo de África del Sur. Nada ha ocurrido aún.

Pius Ncube, el arzobispo católico de Bulawayo, le dijo en 2003 al entonces Secretario de Estado de EE.UU., Colin Powell, “en nuestro país es difícil que las cosas vayan peor”. Todo indica que si Robert Mugabe se vuelve a salir con la suya este 27 de junio, gracias a lo que un reciente editorial de The New York Times llamó la “indiferencia de sus vecinos y del resto del mundo” haya muy poco país para rescatar.
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2 comentarios:

  1. Antonio Romero:
    Que se puede esperar de un octagenario, que entrego la tierra para todos sus partidarios y ahora que? solo queda que se la coman porque todos levantaron sus capitales y Go to England.



  2. Henry Coc:
    No sólo en Guatemala existe la repartición de la tierra, cuyo resultado está a la vista. Nuesta gente lo vende y se dirige hacia otro lugar para continuar con las ocupaciones.

    Este reportaje también muestra cuál es el resultado del amiguismo y del aprevechamiento del poder politico.

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