La unidad de neonatos del Hospital Roosevelt trabaja entre carencias. Poco personal, equipo viejo y niños necesitados.
Por: Marta Sandoval
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Hace menos de un mes que Nazir llegó al mundo. Su cuerpecito menudo y frágil está envuelto en una manta azul que le hace parecer como un cono tibio. Tiene el ceño fruncido y los ojos negros abiertos como platos, la nariz arrugada y un gesto que se parece mucho a la preocupación. Como si supiera que la única comida con la que puede alimentarse cuesta Q1 mil a la semana, o sospechara que su madre tuvo que dejar a sus dos hermanitos en Puerto Barrios para poder estar con él, o como si intuyera que nació con los intestinos expuestos y que tras dos operaciones es un milagro que esté vivo. Ni Nazir ni sus 90 compañeros de la unidad de neonatos del Hospital Roosevelt saben que no hay personal suficiente para atenderles, que las incubadoras donde duermen hace mucho que necesitan reparación y que el presupuesto es tan corto que no alcanza para comprar pañales. Afuera, en el pasillo, tres enormes incubadoras los miran burlonas. Sedosas de polvo y arrinconadas, han pasado los últimos dos años sin acoger a ningún bebé. Las 36 que aún funcionan llevan 10 años de trabajo forzado y hace 8 meses que no reciben servicio técnico. “¿Qué pasa si no les dan servicio?” el doctor Manuel Pérez, de neonatología, repite la pregunta con tono de indignación y contesta con un ejemplo. “Piense qué sucede si a su carro se le pasan 10 mil kilómetros del servicio”. Comprar una incubadora nueva cuesta, en palabras del médico, “lo mismo que un Yaris nuevo”, es decir Q120 mil. Hay 7 enfermeras por las mañanas, y 5 por la tarde para atender a cerca de 100 neonatos, y solo una terapista respiratoria. Los fines de semana la situación es crítica. Están de turno cinco enfermeras y un estudiante de medicina. “El que se queda aquí es como Dios”, explica Pérez, “tiene que ser omnipresente, omnisciente y omnipotente. Lo tiene que hacer todo”. Casos como el de Nazir abundan, neonatos con esperanzas de vida tan pequeñas como ellos mismos, que al final sobreviven contra todo pronóstico. Billi es uno de ellos, un bebé robusto y sonriente de enormes ojos grises. Su cabecita calva está marcada por una línea negra que parece una corona de espinas: son los puntos que le quedaron tras dos operaciones. De sus cuatro meses de vida, tres los ha pasado en el hospital. La madre lo trajo desde Petén. Le drenaron el equivalente a una lata de Coca Cola de una materia amarillenta. “No me daban esperanzas”, recuerda la progenitora, “me decían que si sobrevivía iba a quedar mal”. Pero no, está bien y pronto saldrá a la calle. “Que este niño esté vivo es un milagro, hacemos trabajos de primer mundo con equipo del quinto”, dice Pérez. Claudia Cordera, una de las enfermeras tiene en su teléfono celular un catálogo de fotografías de niños salvados. Muestra orgullosa los cuerpecitos escuálidos que vieron la muerte muy de cerca y que ahora son gordos y traviesos. “Este pesaba una libra” cuenta, “ahora pesa nueve”. Nazir nació con gastrosquisis, un defecto congénito que provoca que los músculos del abdomen no se cierren y el bebé nazca con los intestinos expuestos. Con menos de dos horas de vida, Nazir ya estaba en el quirófano. “Tuvimos que abrir más para poder meterlo todo. Es como la cartera de las mujeres, si las cosas se salen tenés que abrir todo el zíper para volverlas a meter”, explica Pérez a Helen, la madre. |
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