¿Qué dice uno a alguien que ha perdido algo irremplazable? ¿Cómo consolar el dolor ciego, sordo, mudo de la muerte incomprensible de un hijo? Las palabras se atrancan en la garganta en la fila del duelo. Y es mejor que callen al inclinarse sobre el brocal de un pozo que no conoce fondo.
Se aproximan nuestros pasos, pero la imaginación tan osada para otros avatares se niega a acercarnos a esa oscuridad, al aire irrespirable de la pérdida. Huye despavorida ante el atisbo que ha bastado para sumir al cuerpo en la parálisis. Al final parece que son los deudos en su majestuoso dolor los que nos socorren en nuestra impotencia, aceptando gentilmente la torpeza, la fórmula, el horror apenas disimulado.
Llegamos a la funeraria creyendo que veníamos a ofrecer el pésame, pero descubrimos contritos que nos hemos presentado a pedir perdón y a recibir consuelo. Necesitamos que nos absuelvan por esa distancia insalvable que se ha abierto entre ellos y la vida cotidiana, esquivada por el azar, del resto de nosotros. Nuestro espíritu, que tirita aterrado al reconocerse vulnerable por analogía, ha venido urgido a comprobar que alguien con la vida así de rota aún respira, y hallamos la visión de un después, aunque desoladora, reconfortante.
¿Qué sostiene en pie a alguien que pasa por el dolor más grande? No somos nosotros que intercambiamos miradas afligidas a falta de palabras con el resto del cortejo y es solo en apretado rezo o canto que podemos sobrellevar la opresión que se respira. De qué se alimenta esa fuerza interna que permite a algunos seres humanos el prodigio de vivir a través de lo impensable, nos cuestionamos con asombro y reverencia.
A cambio de esa gallardía, no hay mucho que ofrecer al doliente: el gesto tosco, el calor hospitalario del cuerpo, el llanto. Dejar que por nuestros ojos corran las lágrimas de un dolor tan inmenso que nunca alcanzará a derramar por sí sola una madre, un padre que han perdido a un hijo.
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2 comentarios:
MARCO VINICIO MEJIA DAVILA: (2008-06-23 15:37:39 horas)
Dice Cicerón que el filosofar no es otra cosa que prepararse a morir, ya que toda la sabiduría del mundo se reduce a enseñarnos a no temer el morir. De manera similar piensa Michel de Montaigne, el francés del siglo XVI a quien debemos la enseñanza de no ser víctimas de nuestros autoengaños. Montaigne dedicó la mayor parte de sus 59 años de vida a pensar sobre la muerte. El inventor del género del ensayo creía que la muerte es más fácil para quienes han pensado más en ella durante su vida, como si siempre estuvieran preparados para su llegada. Sólo de este modo, escribió, es posible morir resignados y reconciliados, “paciente y tranquilamente”, al haber experimentado la vida más plenamente al tener siempre presente que en cualquier momento puede llegar a su fin. De esta filosofía se desprende su admonición: “La utilidad de la vida no está en su duración sino en su uso: alguno ha vivido largo tiempo y ha vivido poco.”
Uno de los problemas de la vida moderna es que hemos desalojado a la muerte del vecindario. Intentamos convertir nuestro fin en algo racional y civilizado, pero resulta que la muerte es una barbaridad incomprensible. Ahora ya no sabemos valorar la buena muerte como salvación del alma y experiencia enriquecedora para la familia y los amigos. Ya no velamos a nuestros seres queridos en la sala de la casa, con el bullicio de la comida, el café con piquete, los chistes en su punto y la pokareada de ley que constituían la belleza de la muerte. Ahora el arte de morir se ha vuelto más difícil por el mismo hecho de intentar ocultarla y esterilizarla y, especialmente, impedirla, lo que da lugar a las escenas de lecho de muerte que se producen en lugares tan especializados y ocultos como las unidades de cuidados intensivos y las salas de urgencia. La buena muerte es, cada vez más, una experiencia ajena. En realidad, siempre lo ha sido para la mayoría, pero nunca tanto como hoy.
Gracias por su bello artículo, el cual es una invitación para reafirmar la seguridad en que hay una mejor vida después de la muerte física; sin decirlo, nos pide aceptar que la mejor vida es la que se vive intensamente, minuto a minuto, y que tenemos derecho a alcanzar la alegría y la plenitud en nuestras vidas.
Alejandro Cienfuegos: (2008-06-23 10:13:38 horas)
La felicito por su artículo... especialmente por su última frase, en donde como cosa rara, también incluyó al padre... ser de 2a clase en cuanto a amor se refiere...
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