Los turbulentos caminos que han llevado a las mujeres a alcanzar igualdad de derechos han sido diversos, porque diversas son las formas a través de las cuales se les oprime física o emocionalmente desde las redes de sus sociedades y sus estados. Obviamente, el desafío es significativo para la mujeres que se ponen de pie en países pobres y masivamente ignorantes, porque allí el conocimiento está en manos de un pequeño sector, que lo usa para continuar controlando cuerpos y mentes, y generar ganancias.
En sociedades pobres, difícilmente pueden las mujeres demandar justicia que castiguen faltas absurdas hasta severos delitos porque ocupan los escalones más bajos de sus comunidades. Las pocas formas de ser oídas resultan siendo a través de acciones de resistencia y desobediencia, individual o colectiva –que pueden ser visibles o invisibles– pero que les permiten no hastiarse ni apostar al suicidio.
En países menesterosos el control masculino tiene una amarga y sutil historia, por eso, la mayoría de mujeres lo asumen como normal o parte del vivir. A la mayoría no les conmueve ni les impacta que las ignoren como seres humanos, como profesionales, como madres–padres, como políticas y que subestimen sus aportes. No ocurre lo mismo con los hombres, porque ellos remarcan con entereza sus aportes. Pero cuando una mujer muestra lealtad, sabiduría e inteligencia para enfrentarse a las horrendas y estrepitosas batallas, cargadas de dolor, se les asume como protagonistas por destino, pero no como constructoras. Sus pasos, ni aún en procesos de agonía colectiva son reconocidos.
En sociedades de extrema miseria la mujer adquiere valor cuanto más posibilidades tienen de ser cosificada en los planos sexuales, eróticos o físicos. Sí los procesos de opresión golpean a las mujeres de diferentes orígenes y posiciones, los procesos de socavar el maquiavélico sistema deben de ser colectivos. Precisamente, abrir caminos colectivos es lo que ha motivado a diversas mujeres del país a trabajar por la apertura del capítulo de Voces Vitales en Guatemala con responsabilidad centroamericana. Se trata de apoyar técnicamente a las mujeres para que no salgan dañadas de procesos de poca transparencia y severa corrupción propia de los espacios públicos o privados en donde se desempeñan, y de empoderarlas emocional, profesional, técnica y políticamente para que sean las edificadoras de sus vidas y de sus sociedades.
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