La vieja Managuardiente, como bautizó Franz Galich a Managua, fue destruida por el terremoto de 1972.
Por: Méndez Vides/Viaje al centro de los libros mendezvides@itelgua.com
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La vieja Managuardiente, como bautizó Franz Galich a Managua, fue destruida por el terremoto de 1972. El centro quedó en escombros, y la nueva ciudad se expandió por los alrededores, alejándose del lago, con vistosos residenciales por la carretera de Masaya y densos barrios populosos por la salida hacia León, o en carretera Norte, por esa ruta árida y pacífica que una vez recorrí emocionado para conocer el cuartito infame donde nació Rubén Darío. Alquilé un auto y realicé mi peregrinaje cuando la carretera no era como la actual, aunque siempre superior a la ruta de herradura por la que transitó el genio a lomo de mula para encontrarse con el mundo y conquistarlo. Managua es atravesada por vías idénticas, con rotondas y centros comerciales a lo gringo, gasolineras iluminadas y puestos de venta de café. El centro no se reconstruyó jamás. Los terrenos inmensos siguen baldíos o llenos de champas. En medio permanece el cascajo de la vieja Catedral, donde se reunió media Nicaragua a festejar una década atrás la publicación de Margarita está linda la mar de Sergio Ramírez. Estar allí es sentir el sol que quema y el viento que sopla levemente, donde nadie escapa a la profunda impresión del lago contaminado y el fondo de volcanes azules. Llevo años visitando la tierra hermana, me cae bien el clima y me encanta la manera cálida de los nicas, para quienes no existe crisis que les mude el buen humor. Esta semana leí absorto la crónica que escribió Salman Rushdie, el escritor indobritánico, tras su visita a la Nicaragua sandinista en 1986. Me sentí nostálgico por aquellos años intensos, de cuando también data mi primera visita a dicha nación. Tiempos de gloria, canta Pablo Milanés. La Revolución fortaleció la identidad de los nicas, aunque la economía les cortó las plumas. Yo viví entonces unos días inolvidables, por bien y mal. Rushdie fue un invitado feliz de la Revolución, presenció la misa campesina, compartió con los comandantes, con Ortega y su esposa, y creyó firmemente que el proceso debería de apoyarse. En el prólogo a una edición posterior, se lamenta por la noticia del final de la Revolución en las urnas, por el sueño extinguido: “Una década después el romanticismo ha dado paso a lo que los cínicos llaman realidad”. Y yo me iba de la lectura nostálgica a los diarios contemporáneos, y no lo podía creer. Ortega es nuevamente mandatario de dicha nación, pero en primera plana está la legendaria guerrillera Dora Téllez saliendo de una huelga de hambre tras 12 días, tras la suspensión del partido Movimiento de Renovación Sandinista, atacando a su otrora compañero de armas. Asimismo, el cantante Carlos Mejía Godoy, el de los de Palacagüina, le prohíbe al Frente hacer uso de sus canciones, aplicando el derecho internacional de autor. El famoso Tomás Borges le reclama que sus canciones ya no son suyas, sino del pueblo. ¿Pero de qué pueblo? Creo que fue Hemingway quien retrató con espanto la sensación del día después de la fiesta. Hay que leer La sonrisa del jaguar y los diarios para quedar anonadados. Un documento histórico que nos plantea los efectos del tiempo como el peor de los terremotos. |
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