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Una cifra llama mi atención en el artículo Los habitantes del segundo piso, escrito por Mirja Valdés en la edición dominical de este diario. Solo a un 10 por ciento de la población guatemalteca se le puede considerar parte de la “clase media”. Un 36.5 por ciento que antes engrosaba esta estratificación ha adquirido, en los últimos años, el calificativo de “baja”, es decir, en vías de pauperización. Hay un 3.9 por ciento que merece el adjetivo de “alta”, al “nivel de Europa”, según el citado artículo, y un 49.6 por ciento se encuentra en franca situación de pobreza. Las cifras, tomadas de los Índices de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, no toman en cuenta a los tránsfugas y desclasados, aquellos que, salvo por el sector alto, deambulamos por todos los restantes, depende de cómo se nos presente el día. La clase media, si bien le encanta ir a conciertos de cantantes de moda, se mantiene, según Edelberto Torres-Rivas, “entre el temor de caer en la pobreza y las esperanzas de subir”. Es decir, la situación es casi espeluznante se mire por donde se mire. A lo que asistimos es al fracaso del viejo ideal del liberalismo económico: darle -mediante el trabajo, los servicios sociales y la producción- capacidad de consumo a esa masa amorfa calificada como clase media. Hacer de esta el centro de la dinámica política, económica y social. La economía del mercado lo ve de otra manera: A esta gente no necesariamente hay que darle trabajo y asistencia, basta con crearle hábitos de consumo, mediante la propaganda, para que abone al Capital. Pero, la misma lógica de los neoliberalistas anda por los suelos. Según estos, si enriquecemos más a los poderosos, en realidad estamos enriqueciendo al país. Por lo tanto, todos los que no somos poderosos, nos enriquecemos casi de manera automática. Ya se ve que no. |
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