No hay error más peligroso que confundir las causas con las consecuencias, yerro que algunos filósofos han llamado “la auténtica corrupción de la razón”. En la coyuntura que atraviesa Guatemala, caracterizada por desmoronamientos políticos y derrumbes físicos, este error no solo es peligroso, sino amenaza con convertirse en común. Aparentes causas como la persistencia de diputados desinteresados por el bien común o construcciones de mala calidad en lugares inadecuados, son en realidad las consecuencias de un sistema político en crisis y de los altos índices de desigualdad. Las aparentes causas son consecuencias de problemas más profundos, los síntomas de un país a punto de ser arrastrado por el río.
Una de las causas importantes de la crisis del sistema político guatemalteco es la ausencia de partidos y de un sistema de partidos equitativo, transparente y competitivo. Los partidos han demostrado ser maquinarias vacías que se activan en épocas electorales al servicio de sus financistas, alejados de su rol de representantes e intermediarios de las diferentes expresiones de pensamiento de una sociedad.
Esto explica por qué los diputados y demás funcionarios electos o designados se dedican más a satisfacer sus intereses personales o los de sus financistas, que a trabajar por una agenda partidaria o colectiva.
Identificar las causas permite dilucidar las posibles soluciones. Desde una perspectiva superficial algunos se contentarían con una acelerada, mediática y cirquesca depuración del Congreso; pero de qué serviría esto si la mayoría de diputados no depurados o nuevos quedan insertos en un sistema que reproduce la lógica imperante: la del interés personal por encima del colectivo. Desde una perspectiva profunda, se torna imprescindible que el Congreso continúe el proceso de reforma electoral, que aborde temas sustantivos como cambios profundos al sistema electoral y al sistema de financiamiento de la política en Guatemala.
La actual coyuntura de aludes políticos acarrea el riesgo de dejar soterrados procesos de reforma fundamental para el cambio de las estructuras de la sociedad guatemalteca. A toda costa debe evitarse que la importancia de la reforma electoral sea minada por la confusión, el sentido de inmediatez y la ceguera que caracteriza a la corrupción de la razón. De ser así, estaremos paliando los síntomas y no curando las enfermedades, estaremos encerrados en la ilusión de estar navegando cuando en realidad estamos siendo arrastrados por la corriente del río.
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