Reconocidos analistas del fenómeno político latinoamericano concuerdan en que, cada día más, los pueblos se muestran decepcionados del sistema democrático que prevalece mayoritariamente en la región, por lo que corremos el peligro de caer nuevamente en las garras del autoritarismo de engañosos mesías.
Y es que nuestra población se está preguntando ¿de qué sirve que vivamos una democracia electoral, si la prometedora democracia no terminó con la violencia, ni con la pobreza, ni con la corrupción de los funcionarios, convertida hoy en una poderosa cleptodictadura que nace y muere con cada elección?
A costa de mucho sacrificio, de dura lucha y la lamentable pérdida de valiosas vidas, tenemos gobiernos democráticos en Centroamérica, con la tercera ola democratizadora de que habla Samuel Huntington. Sin embargo, nuestros pueblos siguen sufriendo el embate de la violencia, esta vez proveniente del crimen organizado, el contrabando y el narcotráfico.
Ahora se respeta el voto. No se persigue ni asesina a nadie por sus ideas u opiniones, pero considerables segmentos de la población siguen muriendo de hambre, hundidos en la miseria extrema. Ahora tenemos gobiernos electos popularmente, pero la mayoría de funcionarios es cada vez más corrupta. La corrupción de la administración estatal está por todas partes y ha invadido hasta ámbitos tan nobles como el deporte, donde se hacen piñata los recursos, mientras los niños juegan en las calles con pelotas de trapo y los equipos fracasan a nivel internacional.
Con todas sus imperfecciones, a estas alturas está fuera de discusión que la democracia es la mejor forma de gobierno. Es el gobierno del pueblo por el pueblo mismo. Históricamente, de manera formal en Grecia y Roma, la democracia surgió de la lucha contra el dominio de un individuo o de un grupo sobre el pueblo. Actualmente se le respeta y se le preserva. Empero, la falta de soluciones para las carencias tradicionales de los sectores mayoritarios, los más pobres, y el mantenimiento sin cambio de los centenarios conflictos sociales están desembocando en una franca decepción democrática. Además que nuestros pueblos están más acostumbrados a vivir bajo el autoritarismo.
Redoblar la lucha contra la violencia, la pobreza y la corrupción, además de la costosa ignorancia, en todas sus manifestaciones, es la mejor forma de actuar en nuestros días para proteger el prestigio y la vigencia del sistema democrático, cada vez menos esperanzador para nuestros pueblos.
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