Hay un elemento clave que puede ilustrar parte de nuestra problemática actual, determinada en mucho por una posguerra poco planificada y anticipada. El relativismo como filosofía prevaleciente en nuestra sociedad. El relativismo es un aspecto fundamental para la democracia, y presume que nadie tiene el conocimiento exacto de la vía correcta. En el relativismo, las diferentes formas de pensar se reconocen como fragmentos de un todo dirigido al perfeccionamiento del sistema. Por tanto, una sociedad verdaderamente libre debe incorporar cierta dosis de relativismo. Lo contrario al relativismo, el absolutismo, es incompatible con la democracia y con la libertad ansiada por los seres humanos. Empero, el relativismo total que acecha a nuestra juventud, en el cual las injusticias pueden tener un valor relativo, la moral para comportarse como un ser público y responsable puede ser variable, y la crítica de los eventos históricos y los principios que marcaron a una generación son solo expresiones de diferentes formas de ver el mundo, pueden ser también peligrosas para nuestra democracia.
Bajo la tesis relativista, la guerra puede verse como una alternativa entre muchas para alcanzar una mejor sociedad. Lo que esta filosofía descarta es que las organizaciones y las comunidades se agrupan bajo ciertos principios, y las mismas, se aferran a la defensa de los mismos inclusive bajo estrategias que pueden parecer inútiles o irracionales. Bajo la visión relativista ninguna guerra ha valido la pena, ni la de Irak, ni la de Bosnia, ni la Segunda Guerra Mundial, ni la Revolución Americana. Pero esto es una manera muy simple de ver las consecuencias de los actos sociales y humanos que son el producto de un péndulo constante entre el bien y el mal, definido a partir de lo que cada sociedad considera como correcto e inviolable.
¿Pudo haberse evitado la guerra en Guatemala? Alguien tendrá que convencerme que ambos bandos estaban dispuestos a dialogar y aceptar concesiones en pro de una nueva sociedad. Hoy, aún existen fantasmas de esa guerra y azotan con miedo la construcción de nuestra nueva democracia. El verdadero producto de la guerra no fueron solo sus alcances democráticos, sino entender como sociedad que hay principios básicos de la condición humana que tenemos que respetar, y que es siempre mejor la tolerancia, el diálogo y la conjunción de esfuerzos.
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