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Guatemala, sábado 28 de junio de 2008

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laColumna:

Lavanderas

El planchador o cuarto en donde se planchaba la ropa estaba ubicado en el último recinto de la casa, cerca de la cocina, los cuartos del servicio y del llamado “excusado” o letrina de la servidumbre, el cual estaba en el tercer patio de la casa y consistía en un agujero profundísimo, rematado con una asentaderas de madera.

María Elena Schlesinger/Ayer mes@itelgua.com

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El planchador o cuarto en donde se planchaba la ropa estaba ubicado en el último recinto de la casa, cerca de la cocina, los cuartos del servicio y del llamado “excusado” o letrina de la servidumbre, el cual estaba en el tercer patio de la casa y consistía en un agujero profundísimo, rematado con una asentaderas de madera.

El planchador era por lo general un cuarto amplio y lúgubre, dispuesto con una mesa enorme de madera y unas cuantas sillas destartaladas y rústicas, piezas que hoy día han cobrado gran valor en el mercado local de antigüedades.

Del altísimo techo del cuarto de planchado colgaba una bombilla de bajísimo voltaje y los únicos instrumentos de trabajo con que contaban estas esforzadísimas mujeres eran la plancha, el brasero y el soplador para alentar las ascuas, así como el agarrador de trapo para sostener la plancha en el planchado, además del guacal para el rociado y las perchas de colgar, en donde iban a parar las prendas de vestir nítidamente enyuquilladas y planchadas.

En lo que ser refiere a las planchas de hierro, las habían de diferentes formas y tamaño, según cada prenda. Por ejemplo, para los pantalones, que en aquellos tiempos los llevaban únicamente los hombres, se usaban unas planchas con lados verticales para marcar efectivamente los pliegues, y para los puños y cuellos de camisa, se utilizaban unas planchas pequeñitas las que hoy día podrían parecernos de juguete.

Se debía de planchar en encierro, en cuartos ajenos a chiflones y corrientes de aire porque las planchadoras no podían enfriarse y estar expuestas a que “les pegara el aire”. Sus brazos por lo general estaban llenos de cicatrices y quemaduras por los roces hirvientes de la plancha y el carbón.

Aquel cuarto olvidado de la casa era habitado por el día por la planchadora y algunas veces también por su pequeño hijo, quien por ser el hijo de la sirvienta debería de pasar el día junto a su madre, sin chistar palabra, sentadito inmóvil en una pequeña silla de Totonicapán, la cual colocaban debajo de la mesa de planchar para que la criatura pasara inadvertida.

Después de terminada su tarea, la planchadora entregaba la ropa a la señora de la casa, quien procedía a contar y revisar cada prenda, porque Dios guarde, el castigo divino caía sobre la planchadora y su hijo presente, si algo resultaba dañado o quemado en el oficio.

La planchadora terminaba tarde su trabajo, y salía de la casa enchaparrada, con la boca tapada con un pañuelo y con la cabeza cubierta con un chal o reboso, porque lo peor que le podía pasar era que “le cayera el frío de la noche”.

A principios del siglo pasado, las hermanas de la Casa Central y las huérfanas mayores del hospicio lavaban por encargo piezas de ropa y mantelería: manteles bordados de lino y servilletas inmensas de más de tres cuartas por lado.

No había en toda Guatemala, blanqueado, enyuquillado y planchado como el de las monjitas de la Casa Central, comentaban entonces las buenas lenguas. “Manos angelorum”, decían al referirse a aquellas mujeres enclaustradas, quienes dentro de las cuatro paredes del convento de la Casa Central, realizaban el difícil arte del lavado y planchado, piezas de  ropa que entregaban por el cancel del convento, en paquetes enrollados en papel mantequilla.
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