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Guatemala, domingo 29 de junio de 2008

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elAcordeón:

Máquina del tiempo “TOKIO BLUES” (II)

Toru Watanabe aterriza en el aeropuerto de Hamburgo. En ese momento escucha la música de una vieja canción de Los Beatles y se siente abatido por un golpe de tristeza. La nostalgia lo lleva a recordar el otoño de 1969 cuando era estudiante en Tokio.

Arturo Monterroso

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
“El auténtico enemigo de estos muchachos no es el poder estatal,
es la falta de imaginación…”
Haruki Murakami

Toru Watanabe aterriza en el aeropuerto de Hamburgo. En ese momento escucha la música de una vieja canción de Los Beatles y se siente abatido por un golpe de tristeza. La nostalgia lo lleva a recordar el otoño de 1969 cuando era estudiante en Tokio. Ahora, 18 años después, recuerda un prado, la lluvia pertinaz, el rostro de una muchacha de quien estuvo enamorado. Se llamaba Naoko y había sido la novia de su amigo Kizuki, quien se había suicidado sin motivo aparente un tiempo atrás. Esta historia de amor y muerte le sirve a Haruki Murakami para preparar la atmósfera de ‘Tokio Blues’, una novela que incursiona en el desamparo de la adolescencia, las dificultades del amor y las preguntas inevitables acerca de la vida, esa energía vital que termina por abrirse paso aun a costa del sufrimiento. La relación que Watanabe establece con Naoko, la novia de su amigo muerto, no va, durante un tiempo, más allá de conversaciones melancólicas y largos paseos. Ella no lo ama pero aún así termina acostándose con él. Sin embargo, no les espera sino el desencuentro: ella seguirá los pasos de Kizuki; él encontrará la forma de salir fuera del agua para no ahogarse. Su amistad con Nagasawa —un compañero de estudios, rico, perspicaz y arrogante— lo salva de hundirse en la pesadumbre. Y todavía más, su relación con Midori, una muchacha que transita cómodamente por la realidad más prosaica y que lo mantiene con los pies en la tierra.

La aceptación de sí mismo es un punto de partida. Watanabe conoce sus limitaciones pero no le preocupan demasiado. Intuye que tiene una vida propia por delante. Naoko es un ancla a la que se siente atado. La muchacha languidece en una institución para personas con problemas emocionales. Y va a verla. Ahí conoce a Reiko, una mujer con una historia a cuestas, una pianista frustrada, una artista cálida e inteligente que acompaña a su amiga. Naoko tiene una enorme necesidad de afecto y él la esperanza de ser correspondido, pero el amor no se consuma. La muchacha le cuenta la historia de su hermana suicida; sin duda, la muerte la persigue. Watanabe regresa a Tokio y encuentra refugio en Midori. Unos débiles aires revolucionarios sobrevuelan la universidad pero ellos se muestran inmunes a sus encantos. Encuentran que la mayoría de los muchachos no son más que impostores; como la familia que habla del bienestar del padre enfermo de Midori pero que nadie cuida. “Hablar es muy fácil. Lo importante es limpiar la mierda o no hacerlo”. La compasión no basta. Hablar tampoco. Es la necesidad de ser uno mismo, de no engañarse, de no inventarse una historia para consumo ajeno.

Lecturas, caminatas y aburrimiento llenan los días de Watanabe. Los estudios no tienen demasiada importancia. Le gusta ir a escuchar jazz y a comprar libros. Le escribe largas cartas a Naoko pero no obtiene respuesta. Intenta acercarse a Hatsumi, la novia de Nagasawa, pero el amigo le ha ganado la partida desde siempre. En el invierno vuelve a ver a Naoko. Una ternura muy parecida al amor y unas relaciones sexuales desinhibidas pero incompletas lo unen a la muchacha. Watanabe deja la residencia universitaria y se muda a un apartamento. Ha invitado a Naoko para que venga a vivir con él cuando abandone la institución, pero la muchacha se suicida y Watanabe se hunde en la desesperación. Temeroso, indeciso y sin haber averiguado qué quiere de la vida, el protagonista de ‘Tokio Blues’ ha venido dando tumbos en un proceso de maduración que culmina en un viaje expiatorio.

‘Tokio Blues’ es una novela de la cotidianidad, de la libertad del amor y de la muerte. Es una historia de la fragilidad humana; de la aceptación del dolor y de la tristeza. Pero también es una historia de la pasión por la vida, de la honestidad y del placer por las cosas sencillas; una novela narrada con soltura, cuyos personajes muy bien caracterizados resultan memorables. Una novela sin aspavientos, llena de hermosas descripciones de la naturaleza y de un lenguaje sin inhibiciones. En fin, un libro para disfrutar aunque después de leerlo uno no tenga ganas de cambiar al mundo.
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