En una loma antes del cruce migratorio a El Carmen, cerca de la entrada a Malacatán, se alza una construcción inverosímil.
María Olga Paiz - mopaiz@elperiodico.com.gt
Cajitas de block y lámina pelada.
Una entrada italiana renacentista, con portón de hierro forjado y dos leones de cemento sobre sendas columnas dóricas. Colina arriba, un puente levadizo y una muralla dentellada de chateau francés resguardan una especie de chalé suizo y, por un puente aéreo, es posible acceder a un esbelto torreón rosado, muy andaluz, erigido probablemente como mirador hacia uno de esos ríos, torrentes color café con leche en la temporada de lluvias. Tal palacete sobresale, por decirlo de algún modo, entre el verde trébol de la bocacosta y las siluetas imponentes del Tacaná y el Tajumulco al costado derecho.
El paisaje en Guatemala discurre así, pueblos chatos y desordenados, amontonados a orillas de la carretera. Absortos de tal forma en la sobrevivencia, ajenos al entorno natural invariablemente hermoso y carentes de una identidad aglutinadora que pudiera prestarles sentido de comunidad y coherencia arquitectónica, los habitantes levantan sin ton ni son cajitas de block y lámina pelada. Y a cada trecho, un acto de soberbia de la especie que no reconoce ningún nexo con la naturaleza. Alguien que quiere distanciarse del verde y la vernácula fealdad va y construye alguna mole disonante de dos, tres o cinco mil metros cuadrados en alguna loma. Para ello, importa de otras latitudes y lejanas épocas estilos variopintos y hace una fantástica mezcla que resulta en esos Frankensteins de mampostería. Mario Monteforte decía amablemente que don Felipe Yurrita era nuestro Gaudi guatemalteco. Pero después de él, en cada pueblo del país ha surgido al menos uno –¿genio o desquiciado?.
Lo que da grima no es la falta de estética (tan solo un síntoma) sino lo que esas edificaciones revelan de la pobre y confusa identidad nacional, del lamentable estado de la psiquis de los guatemaltecos.
0 comentarios: