Cuando los maestros faltan el respeto a sus alumnos siempre hay conmoción, pero ¿qué pasa cuándo es al revés? Los profesores, a veces, son los agredidos.
Por: Marta Sandoval
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No la vio venir. Ni siquiera lo imaginaba. Pero sintió la mano diminuta que arremetía con fuerza contra su mejilla. Segundos después, todavía atónita, Priscila González logró asimilarlo: acababa de recibir una bofetada de parte de uno de sus alumnos de 2 años. El niño la miraba desafiante, mientras ella se preguntaba qué hacer. En sus siete años de experiencia nunca le había pasado. “Nadie va a limpiar lo que haces. Límpialo tú”, le exigió al pequeño frente a la comida desparramada, acto seguido sintió la manita reprobando sus palabras. Priscila es maestra del jardín de infantes Decroly de la zona 11, y a pesar de que sus alumnos no superan los 5 años ya saben imponer su voluntad por la fuerza. Los profesores se enfrentan cada día a prepotencia, malos tratos y hasta amenazas. “Antes de la aparición de las maras, estos casos se daban principalmente en el sector privado”, dice Ana Silvia de Aldana, doctora en salud mental y terapista escolar. De Aldana recuerda, por ejemplo, a una maestra a la que sus alumnas de un colegio religioso dejaron encerrada en un salón después de clases. O al profesor, al que le rodearon el escritorio con un liquído inflamable y le tiraron un fósforo. “Controlarlo dependerá de la madurez del maestro”, agrega. “Me pregunto si esas son actitudes que han aprendido en su casa”, cuestiona Priscila. El psicólogo César López, con 18 años de experiencia en docencia, piensa que sí. “Los niños suelen representar la misma dinámica familiar. Si tratan mal a los padres, lo hacen también con el maestro”. “Me trataban como si fuera su sirviente”, se queja Sonia de Rivera al recordar sus días de profesora de educación para el hogar en un colegio de la zona 15. Cuando llegaba con su recetario de cocina, la respuesta le dejaba perpleja, “para qué vamos a aprender trabajo de muchacha”. Pocas denuncias Ramón habla bajito, tanto que hay que acercarse para poder escucharle, sus pantalones cortos y camiseta delatan su profesión: maestro de educación física. “Estoy cansado de que me traten mal”, dice quedito, atento a la llegada del director en un instituto de la zona 1. “Me llaman hueco o hijo de puta”, las palabras salen tímidas de su boca. “Si a los niños los trata mal un maestro hay varias instancias a donde ir, pero cuando es al revés no se puede hacer nada”, lamenta. En realidad sí hay algo qué hacer. Lo primero, si no se tuvo apoyo de los directores, será denunciarlo al Ministerio de Educación. Allí tienen habilitada la Dirección de Desarrollo Magisterial para atender este tipo de demandas. Hasta la fecha, ningún profesor se ha quejado de malos tratos. Hay otro lugar a dónde acudir: la oficina del Procurador de los Derechos Humanos. Aunque no pueden sancionar, pueden mediar para que se solucione el problema. “Los casos siempre son al revés”, explica Lili Barco, de la oficina del PDH, “niños que sienten que los maestros les tratan mal, pero nunca hemos tenido una queja del profesor”. “Qué le falten al respeto a un maestro es el pan de cada día”, lamenta Julio Roberto Pérez, director del instituto Miguel García Granados, en la colonia Bethania. “Estamos en zona roja y tenemos alumnos difíciles”, comenta al tiempo que la subdirectora muestra una colección de papeles repletos de huellas digitales, “cada falta grave la apuntamos aquí y le pedimos al padre que firme o ponga su huella”. En las fichas queda ya poco espacio para agregar una marca. Julio Chinchilla, director del Instituto Central para Varones, cuenta que “en general son chicos tranquilos”. Minutos después, se acerca Selene González, la subdirectora, y agrega: “ha habido casos de alumnos que le mientan toda su generación al profesor, pero tratamos de imponer disciplina”. El director habla del modelo democrático que tienen en el centro: “queremos ser facilitadores de la educación, no dictadores. La imagen del maestro ha cambiado, ahora los alumnos tienen confianza en sus maestros, y eso es bueno, pero puede propiciar falta de respeto si no se ponen límites”. “Yo no creo en eso de que el maestro debe ser amigo del alumno”, dice César López, “el maestro debe ser mentor, guía y figura de autoridad. Por encima de todo, figura de autoridad”. Pero en el clima de inseguridad que se vive, a veces el maestro teme al alumno. “Tenemos que tener claro que castigamos la conducta, no al ser humano”, subraya López. |
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