En tiempos pasados se aprendía que al nombrar a Carlos Mérida era como asomarse a terrenos privados, con signos de advertencia a no decir algo impropio.
Rosina Cazali/No lugar
En tiempos pasados se aprendía que al nombrar a Carlos Mérida era como asomarse a terrenos privados, con signos de advertencia a no decir algo impropio. Apenas rozar el nombre del artista guatemalteco sin el conocimiento autorizado, significaba una ofensa de carácter nacional. A través del tiempo y la cordura, la pregunta ineludible se abrió como precipicio: ¿qué garantías había de nuestra versión de los hechos, que ésta fuera suficiente y auténtica para explicar toda la dimensión de Mérida u otros semejantes? Talvez la única verdad reconocible era que para garantizar la continuidad de un mito se evita penetrar en ángulos que generalmente no se tocan, por tabú, por doble moral o por la corrección política de siempre, acuñada por una visión insoportablemente conservadora.
Fundamentar una visión nueva sobre un gran pintor como lo fue Carlos Mérida no es tan ligero como decir que la marimba es aburrida. Significa hacer un esfuerzo pausado. Ante todo, desmembrar los discursos preestablecidos y los vicios sobre los cuales descansan. Al revisar los conceptos que generalmente describen al pintor y a otros intelectuales que se mencionan con mayor frecuencia cuando se habla del exilio guatemalteco en México, como Cardoza y Aragón, Monterroso, Carlos Illescas o Mario Monteforte Toledo, se experimenta esa ansiedad por la propiedad intelectual, vestida de banderas patrias. En la perpetuidad de no variar el rumbo comprobamos que nuestros pobres ejercicios historiográficos tienden a lo elemental. En todo esto se esconde el estímulo que otorgaron, durante todo el siglo XX, cada uno de los gobiernos conservadores de nuestro país y la oligarquía, sobre el sentimiento antimexicano, para solapar los errores en las negociaciones de las fronteras o para sustraerse de cualquier influencia del proceso revolucionario, sus repartos agrarios y la adopción del mestizaje como referencia fundamental para el desarrollo institucional de una cultura nacional. ¿Cómo se aceptó, entonces, que en la obra de Mérida existía una importante filiación por el mestizaje, sin la cual Mérida no hubiera sido lo grande que fue para Guatemala, México o Latinoamérica? La gran verdad radica en su visión esencialista.
La obra de Mérida estimuló un Americanismo cimentado en la necesidad de identidad y modernidad. Y, en Guatemala, la intelectualidad se encargó de evitarle cualquier sugerencia que aportara importancia al indígena como ser social.
La visión local sobre la obra de Mérida resume los pilares de las estéticas modernas que han perdurado por varias décadas, como modelo de la gran pintura, con las dosis exactas de figuración y abstracción para ser comprendidas, contempladas y, por ello, aceptables e inamovibles. Sobre Mérida se evade hablar de su tortuosa relación con Guatemala, de sus dotes como ilustrador, su taciturna obsesión por el folclor y su tendencia a exotizar lo maya. Sin embargo, la posibilidad de construir un nuevo discurso sobre Carlos Mérida va más allá de sus murales excepcionales, de la historia ejemplar y del mito como cárcel. Revisitar a Mérida en estos tiempos es encontrarse, cara a cara, con un tránsfuga mucho más complejo e interesante.
yo digo que pues este senñor es uno de los mas grandes pintores por su carisma y su modo de expresarse en todas sus pinturas que cada una tiene bonito significado
Isabel Barrios: (2008-07-02 20:15:30 horas)
El señor Villacorta se ve que nunca va a galerías. Estas instituciones jamás se dan a la tarea de decir un poco más allá de lo obvio. Lo obvio es el argumento de la provincia. A mi me parece atinado el planteamiento, abre algunas ideas poco exploradas y sobre todo poco dichas sobre un personaje intocable por su grandeza. Muy bien.
alfonso villacorta: (2008-07-02 07:04:39 horas)
Admiro su capacidad para desarrollar esas elucubraciones de guia de galeria, pero lo que le paso a Merida fue que se mudo de la provincia a una ciudad del mundo y su calidad le permitio llegar para quedarse, al igual que otros grandes.%D�n Guatemala, igual que en la provincia, no es suficiente pensar para existir. Me exilio, luego existo.
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