Nuestro profesor de Cosmografía era el único sobreviviente.
Rigoberto Juárez-Paz
En mi estudio cuelga una de las fotografías que más quiero. Figuran en ella 23 profesores de la Escuela Normal Central para Varones, aproximadamente del año 1941, y nuestro médico, a quien llamábamos el doctor yodo, pues cualquiera que fuera la dolencia que los enfermos manifestáramos en la consulta, la receta inevitable era una cuadrícula de yodo, en el lugar apropiado. La nueva Escuela Normal Central para Varones pretendía formar maestros de educación primaria que también fueran oficiales de la reserva. El general Ubico de seguro pensaba que sólo de esa manera podía educarse a una población sin disciplina alguna. Además del pénsum ordinario, a cargo de muchos de los mejores profesores que entonces había en el país, los Caballeros Normalistas de entonces estudiábamos cursos de Parte Militar y participábamos en maniobras de guerra. En una de ellas, que incluía incursiones nocturnas en el campo enemigo, en Bárcenas, resultó herido por el taco de parafina de un cartucho de salva el cadete Marco Antonio Franco, quien posteriormente fuera presidente del Congreso de la República .
El ya mencionado doctor yodo, de apellido Gálvez, aparece en la primera fila, a la derecha del doctor Alfredo Aldana, quien había realizado estudios en Columbia University y era profesor de uno de los cursos de inglés. El otro curso de inglés lo dictaba Mr. Schrills, un holandés que había sido telegrafista de un barco mercante cuando se hundía el Titanic en el Atlántico Norte y recibió sus desesperados SOS. De él podría decir otras cosas, como que yo era su prefe y que cada vez que salía de clase me dejaba sobre el escritorio una bolsita con chocolates. Ello causó mi única pelea.
Después, siempre de derecha a izquierda, aparece don Héctor Nuila, hermano del licenciado Eugenio Nuila, abogado, amigo de mi tío, el general Juárez-Aragón. Después está don Ponchito Roldán, el profesor de Química que se pasó todo el año dictándonos el contenido de su curso, pues no había textos. Don Ponchito era el creador de un analgésico que se vendía en “papelitos” y que se llamaba “Kalmant”. A su derecha está don Saint Clair Vargas, padre de distinguida familia, quien nunca se enteró de que yo sabía que mi padre había sido amigo suyo en la juventud, cerca de Jícaro City. Don Saint Clair llegaba a la Escuela en motobicicleta y usaba paraguas cuando llovía. A la derecha de éste, Jorge Micheo, profesor de educación física, a quien tuve el placer de ver muchos años después de haber salido de la Normal. A la derecha de don Jorge está don Chinto Estrada a quien le llamábamos lucecita, porque se decía que cuando, en los exámenes orales de la Facultad de Medicina, le hacían alguna pregunta cuya respuesta no sabía, él decía “denme una lucecita, por favor”. A la derecha de don Chinto está el doctor Julio García Archila, nuestro profesor de Anatomía y Fisiología, a quien nunca olvidaré por la maravillosa lección que un día nos diera de la anatomía del corazón humano, utilizando un corazón de buey que esa tarde algunos de nosotros nos comimos asado. Directamente atrás del doctor Archila está don Fortino Robledo y Robledo, nuestro profesor de Cosmografía, quien por varios años fue el único sobreviviente de todos los que aparecen en la foto. A la vuelta del tiempo, don Fortino resultó siendo vecino de parientes míos, en San Lucas Sacatepéquez, de manera que lo vi muchas veces y me causaron asombro su vitalidad y buen humor, cuando ya se aproximaba al siglo de su edad. También están el doctor Jorge Luis Arriola, quien fuera Ministro de Educación en el gobierno del doctor Arévalo, don Memito Ávila Ayala, profesor de dibujo y caligrafía, quien, para nuestro deleite, se pasaba los periodos de clase hablándonos mal del gobierno ubiquista. No están en la foto don Francisco Guerra Morales, ni don Augusto Meneses, ni el doctor Alfredo Carrillo Ramírez, ni don Manuel Chavarría Flores. Todos los de la foto ya sólo son un recuerdo.
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