Hay momentos en que es impensable que Dios no sea de derecha. Ingrid Betancourt sale de su larga prisión casi rozagante, llena de vida, y toma el micrófono frente a las cámaras del mundo entero para hacer la apología de Álvaro Uribe. Sin una bala de por medio, con una acción de inteligencia militar impecable, el Ejército colombiano le arranca a la guerrilla sus rehenes más valiosos. Alguna ayudita tuvo de Israel, y quizá de Estados Unidos, pero el mérito de ejecutar la operación es enteramente suyo.
Y atrás queda entonces la imagen de berrinche que proyecta el Presidente colombiano cuando adversa un fallo de la Corte Suprema de su país, que resolvió que una diputada vendió su voto a favor de la reelección del gobernante, lo cual constituye una desviación del poder y pone en duda la legitimidad del segundo período de Uribe en la Presidencia. Y don Álvaro, que como otro tocayo suyo no puede admitir un fallo en su contra, ha advertido ya de sus intenciones de llamar a un referendo y reclamarle al pueblo que demuestre en las urnas cuan satisfecho está de su gestión al frente del Estado.
El suyo es un poder enorme, muy concentrado, del cual echa mano a cada paso. Por ejemplo, organiza una especie de cabildos abiertos en los cuales escucha las quejas de los pobladores y, pasando por encima del poder local y las instituciones creadas, ordena la solución con obvio escarnio para los funcionarios que dieron lugar a estos reclamos.
Recientemente, sus diputados afines aprobaron una ley para prohibir la venta de artilugios y la mendicidad en los semáforos. Sus críticos saltaron a preguntar si también se prohibiría la recolección de firmas a favor de un tercer mandato de gobierno para Uribe, toda vez que los recolectores cobran 200 pesos colombianos por cada firma conseguida.
Pero contra todo obstáculo, Uribe ha salido adelante y su seguidilla de éxitos parece no tener fin. Es como si el cielo quisiera demostrar la validez de su designación y le ofreciera ahora carta libre para buscar un tercer, quizá un cuarto período o, puestos a darle mandatos, ¿por qué no entregarle el cargo vitalicio de una buena vez? Es un hombre de éxito el señor Uribe. Tanto que resulta inquietante que una democracia como la colombiana no parezca capaz de prescindir de él. Se ha convertido en un símbolo del conservadurismo a nivel mundial. Hoy por hoy lo aclaman tanto McCain como Sarkozy, el Papa y hasta algunos de sus vecinos sudamericanos.
A mí no me simpatizan en lo más mínimo los guerrilleros de las FARC. Y algún pequeño gusto siento porque el señor Chávez ni la senadora Piedad Córdoba hayan sido los facilitadores de la liberación de Ingrid Betancourt. Pero dudo que la permanencia de Uribe, un tercer período en el poder, sea saludable para Colombia y para sus instituciones democráticas. Esas mismas que ahora han hecho posible la liberación sin derramamiento de sangre de los secuestrados. Es obvio que el Ejército colombiano tiene un alto nivel de profesionalismo, que la Fiscalía de aquel país entiende a cabalidad su papel en una república y está dispuesta a hacer cumplir la ley, y por eso se ha atrevido a promover no pocos casos en los cuales resulta embarrado políticamente el Presidente. También es obvio que la Corte Suprema no está al servicio del gobernante.
Pero es improbable que hasta la mejor de las instituciones resista tanto poder concentrado en una persona durante tanto tiempo. A Uribe le ha llegado la hora de buscar el retiro. Quizá el ministro de la Defensa, Juan Santos, sea una buena opción de continuidad. La misma Ingrid se perfila ya como una candidata. El Presidente haría bien en desalojar el cargo.
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