Cada miércoles llegaba de visita a la casa la Virgencita de la Casa Central.
María Elena Schlesinger/Ayer mes@itelgua.com
Cada miércoles llegaba de visita a la casa la Virgencita de la Casa Central. La pequeña imagen de yeso de la Virgen de la Medalla Milagrosa iba dentro de un camerino de madera y vidrios transparentes, el cual se podía abrir por medio de una puertecita ubicada en la parte trasera, la cual se cerraba con un diminuto pasador de pico de cigüeña.
Pasábamos horas enteras contemplando a la Virgen, la cual nos parecía, realmente, de una belleza celestial: su vestido largo color cielo, su coronita dorada en la cabeza, y sus pies desnudos destripando una culebra, la que sabíamos estaba bien muerta porque tenía la lengua de fuera y los ojos verdes muy turnios. Pero lo que más nos gustaba de todo, eran sus brazos poderosos extendidos al frente de donde le salían unos rayitos de latón dorado retorcidos para que parecieran reales, rematados a nuestro entender con pequeñas piedras preciosas azules, rojas y blancas como diamantes, rubíes y zafiros.
Era una emoción muy grande el día que llegaba la Virgen a visitarnos. Corríamos a recibirla para ponerla en la sala. La llevaba una señorita muy joven llamada Martita, menuda y huesuda, de falda larga azul oscuro y pelo recogido, muy parecida a las señoritas que mirábamos siempre los domingos rezando en las primeras bancas de la iglesia, rezadoras de oficio, muy beatas pero también muy bravas.
Siempre Martita nos recomendaba mucho a la Virgen, como que le costaba entregárnosla para que pasara la noche en la casa. “Que cuidado con romper el escaparate de vidrio. Que cuidado con estar abriendo la puertecita de madera para tocarle la coronita a la Virgen. Que no tocáramos los floreritos de china de enfrente, porque eran nuevos y lo peor, que cuidado con faltarle el respeto, porque la Virgen todo lo mira y qué vergüenza”, y eso sí, que cuidadito le estuviéramos encendiendo el foquito porque se gastaba la bombilla, ya que el escaparate, para nuestra fascinación tenía alumbrado eléctrico. Luego nos recomendaba mucho decirle a mi mamá que después de la novena no se olvidara de echarle la limosna en la alcancía y que si llegaba mi tía Lucita, le recordáramos lo mismo, porque era la limosna de los pobres.
Después de oír con atención aquel larguísimo sermón, y un poco a regañadientes, nos dejaba con mucho recelo la imagen, advirtiéndonos que a la mañana siguiente pasaría a recogerla. Por muchos años siguió llegando Martita a dejarnos la Virgen a nuestra casa, como lo hacía a otras muchas casas de la zona uno. La última vez que la vi, estaba frente a la puerta de una casa de la Cuarta Avenida y tenía la imagen de la Virgencita en las manos envuelta en un terciopelo rojo, y me pareció como que de repente se hubiera vuelto vieja.
No le dije nada, pero de refilón oí nuevamente las recomendaciones que hacía Martita antes de entregar a la Virgen, lo que ahora sonó más una cadena de súplicas: “Porque Dios guarde si se rompe la imagen Virgencita, porque mi vida ya no tendría sentido. Porque no me cansaré de ir de casa en casa, aunque ahora el centro pareciera estar habitado por fantasmas”.
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