La costumbre del grafiti está muy difundida, este hábito es deplorado cuando los pintores son mareros o manifestantes, pero aplaudido si se trata de escolares o “artistas de la plástica”. Pero para mí, pintarrajear paredes exteriores en edificios públicos o privados es igual de funesto. Ya es hora que desaparezcan esos garabatos, horribles en su mayoría, que afean las calles de la capital. ¡Qué bien! que la Municipalidad haya eliminado esa silueta de los perros que Jorge Mazariegos hizo en la Casa Ibargüen y ¡qué mal! que él contara con autorización (aunque fuera) para “pintar otra cosa”. Es indiscutible que no todas las obras de arte actuales gustan a todos, por eso deben exponerse en privado para disfrute de los que encuentren belleza en ellas, sin obligar a todo el mundo a sufrir con tener que ver en cualquier pared callejera lo que le disgusta.