Para el guatemalteco en general tener acceso a un seguro médico es una bendición, pagar la consulta de un médico particular un privilegio, pagar cualquier cantidad de exámenes de laboratorio un problema económico para el presupuesto familiar, internarse en un hospital privado es poner a zumbar alguna tarjeta de crédito inesperadamente, y pagar la cuenta hospitalaria, en muchos casos, es hacer colecta familiar o quedarse sin casa. Todo depende de la gravedad del caso. Para alguien arrinconado económicamente por la inflación galopante y la creciente tendencia de convertir los servicios médicos en multiempresas, la mayoría de posibilidades anteriores están vedadas. Están en la orilla marginal del acceso a los servicios médicos, hoy exageradamente caros. Sumidos en ese mar de angustia y destierro económico, aproximadamente ocho millones de guatemaltecos recurren a los hospitales estatales o a instituciones de beneficencia como los únicos lugares donde les pueden salvar la vida. Se trata de casos de gravedades de niños o adultos, en los que la única posibilidad de sobrevivencia la encuentran ahí.
Me motiva escribir este artículo el que, por coincidencia, he estado cerca de tres casos diferentes y que tienen en común el agradecimiento profundo al personal de esos centros por la eficiente forma en que han sido tratados. El primero es el caso de las familias de Stephany De Gandarias Weymann, la niñita que falleció en el Hospital Roosevelt a mediodía del 2 de julio, entre 12:30 y 13:00 horas.
Contrariamente a lo que con ligereza se publicó, diciendo que fue a causa del apagón cuando su fallecimiento sucedió antes, ellos por mi medio expresan su gratitud por la forma como los médicos de Pediatría del Hospital Roosevelt manejaron el delicado caso de la niña, y el esfuerzo que todo el personal puso en salvarle la vida. El segundo, es el de Beto Asencio, un campesino de 60 años, que se cayó de una rama y se fisuró la pelvis. Lo llevaron al hospital de Cuilapa y ahí, sin regateos de ninguna índole, lo atendieron, le tomaron radiografías, lo diagnosticaron, lo internaron y le proporcionan medicinas sin cobro alguno. Me tocó conocer al personal de enfermería, créanme, su capacidad y su humanismo se notan. Beto regresará a su casa con tratamiento y sin haber pagado un solo centavo. El tercero es el de Blanquita, otra campesina que es mi amiga. Ella está llena de temores y, por su forma de vida, el estrés y las crisis emocionales la están destruyendo. Se desmaya con frecuencia y para comenzar la llevé a la Liga del Corazón. ¿Ha estado usted ahí? Me sorprendí de su organización administrativa y su limpieza. Se trata de una institución la que los guatemaltecos debiésemos apoyar más, porque no obstante ser sus servicios son casi gratuitos, la eficiencia, la prontitud y el cariño con que son tratados los cientos de personas que ahí diariamente recurren, merecen nuestro reconocimiento y son dignos de nuestro orgullo. Así como los casos anteriores existen muchos centros de servicios de salud diseminados en toda la república, en donde con escasísimo presupuesto se da el mejor servicio a quienes, como en los casos anteriores, están en la otra orilla del río de los servicios de salud pagados. No todo está corrupto y desolado.
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