En períodos en que la economía parece precipitarse al despeñadero, suele descubrirse dos clases de actores políticos. Unos, los que están montados concientemente sobre el caballo ganador que salta y atropella irrefrenablemente todos los cercos para no dejar de ganar, sin importar el costo final. Y otros, los que tratan de organizar la confrontación de los atropellados, antes que la recesión los deprima y acabe exterminándolos.
Pero hay un tercer grupo que no son actores propiamente dichos, pero suelen llenar la planilla representando roles y, sobradamente, constituyen la mayoría. Es el grupo de los inconscientes. No entienden nunca quién lleva las riendas del caballo iracundo ni la magnitud de sus destrozos; todo su gozo lo viven en el breve día en que la brisa les empaña la cara, y cuando se ven de bruces en el polvo vuelven a añorar el segundo paseo, que raras veces les llega.
Como sea, el tema de esta nota es una mala palabra: confrontación, que despierta nuestros miedos. De las confrontaciones hemos salido dolorosamente trasquilados. Aceptamos que es mejor conformarnos con esta pax, que equivale a silencio, autocensura e iras mal enfocadas porque se descargan contra el que la padece. Las sociedades sanas para crecer necesitan confrontarse. Chocar ideas, levantar alternativas, descubrir secretos que desnuden al fin la ruina del caballo ganador y los costos gravosos, hasta suicidas, de sus ganancias. Por eso en nuestro medio todavía no es posible hablar de crisis, en el sentido de que hay una tensión abierta, un pulso que va a refrendar la victoria del caballo ganador –en este caso el sistema financiero y los monopolios– o que dará paso al levantamiento de los arrollados –el trabajo, la economía real de la agricultura y la industria– para un nuevo equilibrio social.
En nuestra historia es más común el retardo o ahogo de las crisis como expresión de cambio porque las elites y sus clases medias ilustradas –llamadas a plantar y dirigir las transformaciones– se mueven, como diría el economista Michael Hudson, por la ideología del acto reflejo y no por el interés propio informado. Así les ocurrió a muchos industriales y comerciantes en 1954, y también en el 84, con la redacción de la Carta Magna. Al actuar contra sus propios intereses sofocaron una expresión de Aristóteles de validez universal: la democracia es el régimen político antesala de la oligarquía. Y es que una crisis debería traer democracia económica.
0 comentarios: