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Hace 25 años, iniciamos un diálogo con Luis Eduardo Rivera. Nos encontramos en París, en el verano de 1983, y juntos pasamos una de las décadas más intensas, confusas y enriquecedoras de nuestras vidas. Durante esos 10 años nos vimos prácticamente todas las tardes y recorrimos calles, cafés, librerías hablando de lo único que nos importaba en aquel momento: la literatura. Cuando digo que hablábamos de literatura, estoy en realidad diciendo que hablábamos de cualquier cosa. Es decir, hablábamos, por supuesto, de autores y de libros, pero también de todos aquellos temas que nos surgían en el camino: el exilio, las mujeres, los hábitos de la vecina, los extraños encuentros que nos sucedían en nuestro eterno oficio de veladores de noche en hoteles de familia, de putas o de agentes viajeros. La semana pasada, en el marco de la Feria del Libro, se presentaron dos nuevos libros de Luis Eduardo: un volumen que reúne toda su poesía publicada hasta el momento, Poesía prepóstuma (Tipografía Nacional, 2008), y una recopilación de notas, ensayos, reflexiones, bajo el título de Fechas inciertas, publicada por Julián Rodríguez en la Editorial Regional de Extremadura, España. Si de algo le urge a este país en la actualidad es reconciliarse con sus escritores. Con gente que la refleje, que la piense, que la diga a través de sus creaciones. Estos dos libros nos ofrecen la oportunidad de descubrir a uno de los autores más importantes y maduros de la letras nacionales de los últimos 30 años, alguien que nos ha entregado muchas de la mejores páginas sobre nuestra condición existencial como guatemaltecos. Nada nos obliga a leer a Rivera, sin embargo. Nada. Salvo el placer por la buena conversación, por el vagabundeo intelectual y por la buena literatura. |
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