Esta carta comienza un domingo desayunando en casa de Tecún Umán en una mesa bendecida por unas manos que son como la luz y el alma de la vida.
Estas líneas son de gratitud a la amistad. A la vida y al amor. Están escritas bajo el delirio del perfume de rosa que es la amistad. Hiladas con los bejucos de la selva y entre las cortinas de tormentas en la cadena montañosa y mestiza de este trópico del mundo.
Me he quedado inmóvil dejando que cada imagen tome su forma precisa: las formas de sus almas, son un poco como cuando observamos con atención una flor: acariciamos los pétalos, los soplamos para que bailen, olemos su perfume, y luego nos enamoramos.
Es esa la sensación exacta con la que me he quedado después de días intensos de recorrer el país, viajar, trabajar, convivir, reír a más no poder, jugar, cantar y sobre todo imaginar que otro mundo es posible, junto a mis amigos del alma. Hemos abierto para siempre una nueva ventana en la vida de cada uno de nosotros.
Hoy cada cual ha vuelto a lo suyo. Un miembro del Movimiento Sin Tierra en Brasil, un bombero de Madrid, una maestra de niños, una estudiante de Medicina en Cuba. Todas almas preciosas, comprometidos con las transformaciones sociales.
Vuelvo con una mochila cargada de amistades sinceras, cosida de recuerdos atravesados por la selva húmeda y nubosa de mi tierra. Vuelvo con la piel llena de picaduras de zancudo y el alma tatuada de la serenidad de la laguna de Lachuá y el sonido del silencio de las cuevas.
Hoy le encuentro a mi tierra nuevas formas y colores, porque vuelvo llena de ideas y proyectos, el corazón desbordado de magia y de luz. Siento la vida vibrando en cada rinconcito del mundo, llamándonos a vivir, invitándonos a gozar. Vuelvo con equipaje del tesoro más lindo de la vida: eso que nos hace capaces de ser mejores y de ver más allá, eso que nos hace volver a ser niños; el amor y la amistad.
La amistad nos hace jugar con ilusión, adentrarnos en el sentido de la vida a la que la amistad da sentido.
Entre orquídeas y lagunas sagradas, carcajadas y pláticas. Más allá del caudal del Río Cahabón y una comunidad de sentimientos entre cuevas míticas, comprendimos que la amistad es una forma de enamoramiento. De plenitud con el amor para tratar de entender la complejidad de la vida.
En las montañas q’eqchi’s del Tzultaqá, sentimos un vasto amor entre nosotros, devoción por la humanidad, por compartir caminos y búsquedas, comprendimos que no éramos nosotros que hacíamos el camino, sino el camino nos hacía a nosotros. Aprendimos que la humildad brota del conocimiento y la comprensión de uno mismo, no es humillación. Es conciencia de nuestra grandeza.
Entre mis amigos recordé el valor de la risa, la alegría de ver de frente, de escuchar de frente, recordé la gratificación del trabajo bien hecho, para aprender colectivamente a ser uno plenamente feliz con el corazón habitado para dar y para recibir. Para convertir cada instante en milagro.
Los caminos, la miseria, el silencio de la noche en la selva nos sirvió para reflexionar la frontera interna de nuestra asaltada patria latinoamericana, ¿hasta cuándo será este el injusto destino para los latinoamericanos? Dice Aristóteles que si los ciudadanos practicasen la amistad no habría necesidad de justicia.
Hace unos días volví a ser niña. Volví a sentirme inmortal al sentir la alegría de compartir el agua, la luna y el sol, la vida aquí y ahora en el mundo: amplié mis horizontes de percepción e imaginación, supimos que “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”, me recordé que “no hay camino, se hace camino al andar”. Vuelvo bailando y cantado de alegría, con el alma habitada y bajo sus miradas que seguirían cómplices siempre en esa atmósfera mágica que somos capaces de crear cuando abrimos nuestro corazón al mundo y dejamos que el camino nos recorra entre las manos y los rinconcitos del alma.
http://www.youtube.com/watch?v=kFH6c3qQnP8&NR=1
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