Dar la vida por su país, buena parte de los consultados respondió, sí.
Dávila Estrada
Con el título “Un Estado otra Nación”, el Instituto de Investigaciones y Gerencia Política de la URL publicó recientemente un amplio estudio acerca de la diversidad ciudadana guatemalteca y sus culturas políticas. Entre otras cosas, la indagación empírica ahí recogida provee sorprendentes elementos de juicio para el diseño de reformas políticas más radicales que las que tímidamente han asomado en los últimos años. A contrapelo con una extendida imagen de falta casi total de nacionalismo, el estudio detecta un fuerte sentimiento de identidad nacional común y de orgullo por haber nacido en Guatemala. Ello, con todo y el también fuerte reconocimiento de la coexistencia de diferentes identidades y culturas. El sentimiento nacionalista puede ser tildado –como tantas cosas hoy en día– de mediático, superficial, ritual o, más profundamente, de ideológico. Además, puede que esté demasiado limitado por la vivencia de problemáticas comunes. No obstante, se da y sale a relucir de maneras que no dejan de sorprender.
Por ejemplo, al preguntársele acerca de si llegaría a dar la vida por Guatemala, buena parte de la ciudadanía de los ocho municipios que sirvieron de muestra para el estudio citado respondió afirmativamente. Más importante aún, con un sentido de responsabilidad ciudadana ligado a la pertenencia nacional, entre una y dos terceras partes de la muestra manifestó su anuencia a pagar más impuestos, claro, si éstos se utilizaran para el desarrollo y si quienes evaden su pago son castigados con mayor severidad. Además de desinflar el mito de que nadie quiere pagar (más) impuestos, se le reconoce así al Estado un papel, no sólo regulador sino también impulsor de la economía.
Otro dato de peculiar interés es que la mayor parte de la ciudadanía consultada está de acuerdo con que los pueblos indígenas ejerciten sus derechos específicos, e incluso favorece la creación de un órgano nacional de representantes al que deba consultársele los asuntos que les conciernen directamente. Un alto porcentaje es también anuente al establecimiento de cuotas de representación en los partidos políticos. Como mínimo, se expresa así la insuficiencia e inefectividad de las instituciones existentes. Como quiera que sea, estos rasgos de la cultura política nacional esbozan una panorámica contrastante con la habitual entre las castas político-económicas y la ciudadanía citadina, por lo menos según se le pinta en los medios masivos. ¿A quién hacerle caso?
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