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Alan Benchoam
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A un costado del mercado Colón, y a tres cuadras de La Línea, se ubica el comedor del Chino. Un festín para la tripa a cambio de doce escasos quetzalitos. Ahí almorzábamos día a día durante las agobiantes jornadas del rodaje de ‘Estrellas de La Línea’, y ahí nos reunimos a comer Chema (director, productor, guionista), el Vuke (productor de campo), Marina (protagonista) y yo dos años y medio más tarde, en marzo del año pasado.
Como es su costumbre, Marina presidía la sobremesa deleitándonos con una de las tantas canciones románticas y antañonas que conoce de memoria: “Yo sé que nunca besaré tu boca, tu boca de púrpura encendida…”.
“¿Y por qué no le grabamos un disco?”, preguntó Chema sin dirigirse a nadie en particular, pero viéndome de reojo a mí: “Hablamos con Michel [Peraza] para que lo produzca en su estudio a precio de amigos; algo sencillo, diez boleros, los que tú elijas, Marina. Vendemos la idea a cien quetzales, o diez euros, a todos los que quieran comprar el CD por anticipado, y con eso cubrimos los costos. El resto se vende después y la ganancia le queda a la cantante”. Escupida así, redondita y al dedillo, la idea no parecía inspirada al calor del momento, pero lo era.
Atragantada por la sorpresa, Marina detuvo la tonada, arqueó sus cejas ralas, perpleja, y esbozó en silencio una sonrisa de beneplácito. Todos sabíamos, y ella mejor que nadie, que ése ha sido uno de sus sueños largamente acariciados. “En tres o cuatro meses lo tenemos listo”, aventuró Chema, y de momento no había motivos para dudarlo.
Pero las cosas no son tan simples como parecen, y en el mundo subdesarrollado abundan ejemplos para dar fe de ello. Michel nos sugirió a un colega, paisano suyo (Roberto Sáez, alias “El Caballero”, multi instrumentalista y productor cubano), asegurándonos que podría hacerse cargo del proyecto a un mejor precio y con mejores resultados. Hablamos con él, acoplamos agendas, fijamos un plazo, llegamos a un acuerdo y empezó la producción.
Cuatro meses más tarde…
Marqué su número. Habían pasado ya más de tres meses desde el inicio de la grabación y la cosa no caminaba. ¿Motivos? Cada día uno distinto: se puso mala mi hija, me puse mala yo, llegué tarde, el productor llegó tarde, no me sé completas las letras, tengo gripe, me asaltaron, estoy afónica, me puse a chupar…
“Todo esto es para darte un gusto, pero si ya te cansaste o se te quitaron las ganas, tranquila, porque tampoco es obligación”, le recordé, a medio camino entre la condescendencia y el regaño. “Bien, papaíto; pero si ya me falta poco”, justificó. En realidad llevaba grabadas sólo dos canciones, y la gente, a ambos lados del Atlántico, preguntaba ansiosa cuándo estaría listo el disco por el que (no lo olvidemos) había pagado a partir de un mero acto de fe. “Tenés el resto del mes para terminar, o si no, se cancela el proyecto”, rematé para espolearla.
El susto dio resultado. Un mes después, Marina había terminado de grabar los diez temas. Sólo faltaba repetir un estribillo por aquí, y conseguir que alguien hiciera las segundas voces por allá… y grabar esas segundas voces, y grabar los poemas, y grabar los agradecimientos, y mezclar el audio de las pistas, y ordenar el repertorio, y no olvidarse de la sesión de fotos para la cajita, y el diseño gráfico, y mandar a hacer las copias, y organizar la presentación.
Se fue el resto del año. Diciembre nos pescó fuera del país, rodando otro documental. Marina, en Guatemala, preguntándose cuándo estaría listo su disco, como si la cosa fuera nomás de soplar y hacer botellas; y los compradores igual, insistiendo con creciente expectación. Por esas fechas, la diseñadora, sobrecargada de trabajo prenavideño, se excusó diciendo que lo sentía, pero que no iba a poder ayudarnos.
Opción B
La opción B era hablar con María Adela Díaz, creadora guatemalteca destacada no sólo en el área del diseño, sino también por sus incursiones en la performance y demás expresiones del llamado arte actual. El principal inconveniente con ella es que no vive en Guatemala, sino en las afueras de Los Ángeles; por lo demás, su experiencia, su talento y su particular apropiación de la estética popular la convertían, de entrada, en la elección más idónea para dotar de atractivo visual al álbum.
María Adela no sabía quién eran Marina y las Estrellas, así que recibió por correo una copia del documental, una copia de las canciones y un archivo con las fotos que hizo Allan Benchoam en el ya célebre bar ‘El Olvido’. Encantada con el personaje, y más encantada aún con el proyecto de hacer el disco, se puso, pues, a trabajar de inmediato.
Suya fue la insistencia, desde un principio, de no seguir el formato tradicional de plástico duro y traslúcido, sino probar con una cajita diferente; lo cual representó un problema logístico más, dado que en nuestro país no existe quién realice ése tipo de hechura en serie. ¿La solución? Un proveedor de Nueva Jersey que ofrecía costos unitarios bastante accesibles.
Una vez terminado el pedido, éste fue enviado (salía más barato así) a la costa oeste, y ahí colocado en un barco de carga con destino a Guatemala. Finalmente los discos estuvieron aquí en mayo, catorce meses después de concebida la idea y con trescientos días de retraso conforme al cálculo original. A esas alturas los auspiciadores pensaban ya, de plano, que los habíamos estafado. Hoy, sólo nos queda agradecer su paciencia, invitarlos a la presentación y cruzar los dedos para que el resultado les agrade y sientan que la espera, como decimos en buen chapín: “valió la pena”.
Triste, pero feliz
Por su parte, Marina está que no cabe de gozo. “Para mí significó mucho. Antes, cuando era joven, no hubiera aprovechado esta oportunidad; en cambio ahora, ya de grande, vine a encontrar superación”. Le pregunto sobre el repertorio y me responde que son un recuerdo de cuando actuaba dando serenatas con un trío. “Yo motivaba a muchas personas con mi voz, me pedían que cantara más”.
Sus favoritas, dice, son ‘Triste borracha’ (“es como si alguien la hubiera escrito pensando en la historia de mi vida”) y ‘Nuestro amor’ (“porque le gustaba mucho a mi Negro: todas las noches me pedía que se la cantara”). Carlos, su Negro, el “indio trompudo” que dios le dio, murió en septiembre del 2006 por insuficiencia hepática, tras varios años de excesos con el alcohol.
CUÑA
Presentación
Sábado 30 de agosto, 19:00 horas.
Teatro de Cámara del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias.
Admisión gratuita.
Precio del disco: Q100.
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