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Guatemala, jueves 11 de septiembre de 2008

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País:

Niños migrantes

Ayer fueron deportados 45 ecuatorianos; tras 15 días en el mar, vuelven a casa con el sueño americano roto. En el grupo, nueve niños, sin tener muy claro lo que pasaba, pero con la certeza de que era algo malo.

Marta Sandoval

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Cuando Carlos tomó la determinación de emigrar a Estados Unidos, sus padres estaban más preocupados por conseguir el alimento del día que por el futuro de su hijo mayor. Tiene 13 años, el pelo grueso y espinado, y unos ojos negros rodeados de unas ojeras tan grandes que le hacen parecer un mapache. Pasó siete días sin dormir, en una lancha de madera tan pequeña que no podía estirar las piernas y tan rústica que cada ola la llenaba de agua, y de paso dejaba empapados a sus tripulantes. No había ningún familiar suyo; a su alrededor sólo veía rostros desconocidos de 49 compatriotas más en busca del mismo destino. A sus padres los dejó preocupados en Ecuador, con un abrazo y la promesa de enviar dólares lo más rápido posible. Carlos es uno de los nueve niños que fueron detenidos por un guardacostas estadounidense en su intento por llegar a Los Ángeles.

Otra de ellas es Leslie, tiene 10 años y no está muy segura de en qué país se encuentra. “Yo sólo iba a pasar las vacaciones de la escuela, y ya me iba a regresar” dice, segura, “pero me asusté mucho porque la lancha se iba a dar vuelta y había mucha agua y no se veía nada”, cuenta, mientras se estira con nerviosismo la camiseta rosada que lleva puesta. Cuando se le pregunta por sus padres responde: “están por ahí”, pero no logra ubicarlos con la mirada entre los demás deportados. No se preocupa, ya los verá después. Ahora está a la espera de una bolsita con comida que las autoridades de Migración van a repartir. Dentro viene un pastel de fresa. La niña come con apetito, y no repara en lo irónico del dibujo del empaque: el Capitán América.

Salieron de Guayaquil de madrugada, tratando que nadie los viera. Cargaron la lancha de madera con algo de agua y comida, y empezaron el viaje. Llegarían a Guatemala, donde los recibiría un coyote al que debían pagarle US$5 mil para que los condujera a Los Ángeles; allí abonarían el resto, US$5 mil más. Llegaron a Guatemala, pero no como esperaban. A 170 millas de Costa Rica los encontró un guardacostas. La primera señal que tuvieron fue una avioneta volando por encima de ellos. “A lo mejor no son” les dijeron, pero sí eran. Y, esa noche, las cegadoras luces de un barco estadounidense los despertaron. Cerca de su destino, ya muy cerca. Los marinos norteamericanos les hablaron en español y les indicaron que debían abandonar el barco. “Dicen que nos rescataron, pero no es verdad; nos cogieron, porque nuestro bote no se estaba hundiendo. Estábamos bien”, dice una de las detenidas. Allí les dieron ropa seca y comida. “Una cucharadita apenas nos daban”, se queja otro de los deportados, a quienes trasladaron a Puerto Quetzal, el lunes pasado. Ayer por la mañana llegaron a la ciudad capital en una visita exprés. La ancha y blanca sala donde se recibe a los deportados en la Fuerza Aérea fue lo único que conocieron de esta ciudad.

En la primera fila hay una silla de donde cuelgan dos piernitas delgadas; sus zapatos no llevan correas y el pantalón corto deja ver una serie de bolitas rojas. “No se rasque más”, regaña una mujer achinada, de cabello lacio y negro que cae pesado sobre su estrecha espalda. Es la mamá de Juan, que tiene 5 años y está preparándose para su primera deportación. “Es que aquí hay mucho zancudo y lo picaron”, dice la mujer, que habla tan bajito que hace falta acercarse a su boca para escucharle.

Cuenta que está sola en Ecuador. El papá del niño la dejó y la única familia que le queda está en Los Ángeles; quería llegar, pero no pudo. El pequeño saca de su bolsillo una bandera de Guatemala y se entretiene enrollándola en su dedo, mientras el personal de Migración pasa lista y aclara, a voz en grito, que si quieren ir al baño lo hagan uno por uno.

Al final del salón hay tres chicas, de entre 20 y 25 años. Las tres son madres; dos de ellas dejaron a sus hijos con la abuela, y una más con el marido. “Pensamos, con mi esposo, que es más fácil para una mujer conseguir trabajo; para los hombres hay menos. Por eso me vine yo”, dice. El viaje lo pasaron vomitando y con el temor de que la frágil embarcación se hundiera. Tienen en el rostro una mezcla de tristeza y alegría, que no se llega a comprender hasta que una lo aclara: “Por un lado es triste que nos atraparan, pero la verdad nos da alegría ver a nuestros hijos. Yo tenía miedo de que, cuando regresara, mi nena ya no me reconociera. Tiene 2 años y yo no sé cuánto tiempo iba a estar lejos”, las otras dos asienten. Dentro de todo, hay algo bueno.

Fueron deportados 45 de los tripulantes del barco; los 5 restantes se quedaron en tierras guatemaltecas, acusados de tráfico de ilegales.

Lesli permanece sentada junto a Carlos. Los dos esperan solos a que llegue el avión. “¿Dónde están tus papás?” Lesli titubea y responde: “En Ecuador”. “Pero dijiste que estaban aquí”. “No, la que está aquí es mi tía; por ahí anda”, asegura, y Carlos sonríe irónico. “Yo me vine para ayudar a mis papás”, comenta. Lo decidió tras el anuncio del padre de que de ahora en adelante ninguno de los cuatro hermanos iría a estudiar. La cosecha era mala y hacían falta manos en el campo. “Mejor yo mando dinero. Así los otros puede seguir en la escuela”, comenta Carlos. Pero ahora, que va de vuelta, le esperan las siembras.

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