Nuestra independencia es como la del muchacho emancipado que, cédula en mano, decide librarse del yugo paterno y marcharse a estrenar una flamante vida propia. Se ha ido de la casa opresora, pero pasan los días y no consigue empleo. En demostrar su libertad, dilapida pronto sus recursos, así que depende de una mesada que le pasan bajo la mesa y lleva a lavar su ropa sucia a casa de la abuela. No es capaz de poner techo sobre su cabeza, alimento en su hornilla y, cuando se enferma, no tiene para el antibiótico. Tampoco sabe cómo gobernar sus impulsos, vive una vida errática, desordenada y sin propósito. Ha dejado un par de hijos sin apellido. Pero se sulfura cuando piensa que alguien quiere injerir en su vida independiente y mantiene una actitud desafiante ante cualquier autoridad. Exige ser tratado como adulto, aunque aún no haya desarrollado la capacidad de responder a sus propias necesidades. El odio que siente hacia sí mismo, por su patente incapacidad, la amargura por su fallido intento, se vuelca hacia los que le rodean, y les trata con desprecio y un encono dedicado, minucioso. Son ellos los causantes de su vida miserable. Los otros, siempre los otros, son los que deberían, los que no debieran. Rehúsa verse a sí mismo, porque no sabe ver más que con condena e insulto. Se ha convertido en un déspota, fatuo y soberbio que gasta sus días ahogando en guaro su vergüenza, descargando su furia sobre quien no tiene sus músculos.Es cierto, ya no somos súbditos del imperio. Nos hemos liberado de reyes y reinas. Pero, ¿independientes? Aquí donde hacen falta más de un millón de techos y son pocos los que comen tres tiempos o tiene acceso a servicios de salud. La celebración del 15 de septiembre se me hace una ironía. El sábado por la tarde llovía con rabia. Había pocas caravanas en la carretera. A la altura de San Bernardino, un joven flaco que llevaba la antorcha iba estilando hasta los carcañales. El fuego de la independencia hacía rato que se había apagado.
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