“¿Cuándo se acaba el amor, si alguna vez lo hubo?”Dante Liano.
Arturo Monterroso
En mi artículo anterior empecé a esbozar el argumento de la novela más reciente de Dante Liano: ‘Pequeña historia de viajes, amores e italianos’; un libro que despierta nuestro interés desde sus primeras páginas, y que uno disfruta a lo largo de la historia que nos cuenta porque nos hace redescubrir la vida como si fuera cosa nueva; con la ingenuidad, la frescura y la alegría de los universos apenas revelados. Pues bien, era la primavera de 1890, y Antonio y Pasquale estaban a punto de embarcarse en Nápoles para dirigirse a ese país de sueño —de ensueño— donde podía uno pasar el tiempo meciéndose en la hamaca con la brisa del mar mientras los indios hacían el trabajo. Muy tentador para negarse. ¿Cómo es que se llama ese país desconocido? Guatemala, explicaba el impostado agente italiano del Gobierno de esa república centroamericana, quien trataba de hacer fortuna engañando a los incautos. En el barco conocieron a Franco y a su mujer, Martina, compañeros de fortuna —o de infortunio, depende de cómo se mire— en ese viaje a lo desconocido, cuyo puerto tenía nombre de santo: San Tomás de Castiglia; un lugar del que no habían escuchado más noticias que su calor infernal, sus putas mestizas y sus mosquitos que producían fiebres mortales. Así que luego de la parada obligada en Nueva York y un breve paso por Nueva Orleáns, avistaron Puerto Barrios: un muelle solitario, unos caserones tristes de madera carcomida, unas casas de palma… Pero no se bajaron allí sino en el puerto vecino. Y en Santo Tomás de Castilla empezaron su nueva vida, no sin la zozobra de sentir que habían sido engañados y que estaban perdidos en la última frontera de la Tierra, cuyo idioma desconocían.
El viaje a la ciudad, el descubrimiento de la solidaridad de los italianos que habían llegado antes —algunos más afortunados que ellos— y la caída en las asperezas de la realidad fue cosa de semanas. Comenzaron a trabajar en la costa sur, en los puentes que construía la ‘International Railroads of Central America’, pero no como ingenieros —según habían imaginado en un momento de delirio— sino picando piedra con una almádana. Su nueva vida era dura y no prometía cambiar mucho en el futuro. Pero Pasquale decidió tomar un atajo para engañar al destino, y con el tiempo se trasladó a vivir a ‘Las Nereidas’, un prostíbulo en el que encontró no sólo el alivio a la soledad del cuerpo sino un amor sin muchas explicaciones y una manera de ganarse la vida. Franco descubrió las enormes posibilidades del cinematógrafo y se entregó con pasión a su negocio de proyectar películas en cuanto pueblo fuera posible; Antonio, mientras tanto descubrió el amor en la mujer de Franco, y su pasión por Martina creció tanto como la distancia de abismo que se abría entre ella y su marido. El amor arropado por la pasión es una lengua de fuego. Y si un papel se hubiera atravesado entre ellos cuando cruzaban miradas —escribe Dante—, se habría incendiado. Pasquale se las ingenió para iniciar una nueva vida en Escuintla, al lado de la mujer que amaba; Franco y Martina se fueron a vivir a Quetzaltenango y encontraron la manera de seguir adelante (no saber es a veces un alivio), y Antonio siguió en la costa, mejoró en su trabajo, se casó y se puso a tener hijos. De vez en cuando los inmigrantes se juntaban a conversar de la Italia lejana con una nostalgia inevitable, pero habían descubierto que la vida también era posible al otro lado del mar.
La metáfora de la vida como un viaje a ninguna parte y la fascinación por el simple hecho de estar vivo se cumplen en la novela de Dante. No sólo lo prueban el magnifico argumento y su acertada caracterización de personajes sino la riqueza de su vocabulario, pródigo en significados y matices. El lenguaje es en este libro una materia lúdica, fabricada de aromas, sabores y sonidos; como en esta metáfora del descubrimiento del amor, cuando Lola, la futura mujer de Antonio, se da cuenta de que está enamorada: “…se iba poniendo seria mientras adentro de sí misma algo semejante a una fruta ácida y dulce, de congoja y felicidad, de terror y consuelo, se estaba abriendo silenciosamente.”
Guatemala, 19 de septiembre de 2008 arturo.monterroso@gmail.com
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