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Guatemala, domingo 21 de septiembre de 2008

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El tiempo de los kamikazes

Se cumplen 20 años del nacimiento del grunge y el gangsta rap. El nihilismo de bandas como Nirvana o N.W.A. cambió el pop y rompió la mentalidad hegemónica de las grandes discográficas, habituadas a dirigir el gusto musical.

Diego Manrique

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En 1988, salieron dos discos que generarían avalanchas musicales y sociales, ambos en ciudades de la costa estadounidense del Pacífico. En Seattle, un modesto sello editaba ‘Sub Pop 200’, recopilatorio de futuribles que reunía a Nirvana, Soundgarden, Mudhoney y otros arquitectos del sonido grunge; no vendió mucho, pero sugirió que algo estaba ocurriendo allí. En Los Ángeles, se publicaba Straight outta Compton, el primer disco largo de N.W.A. (Niggers With Attitude), un éxito que consolidó la línea más agresiva del hip-hop, el llamado gangsta rap.

De alguna manera, la balanza cósmica se equilibraba. El grunge parecía incapaz de vivir consigo mismo, una insatisfacción que desembocó en el suicidio (1994) de su luminaria mayor, Kurt Cobain. El gangsta rap alardeaba de intenciones homicidas, hasta que varias figuras terminaron acribilladas. Brotó sangre de verdad, no los viscosos líquidos coloreados de ‘Caracortada’, con un Tony Montana (Al Pacino) transformado en modelo empresarial para los chicos del gueto.

Cierto que los barrios californianos del gangsta rap, con sus jardines y sus casas unifamiliares, no encajan en nuestros estereotipos del gueto. Pero están envenenados por las rencillas de pandillas (gangs) como los Bloods y los Crips, refugio de descerebrados que defienden sus territorios y disparan contra el que lleve los distintivos equivocados. Los tres miembros de N.W.A. –Eazy-E, Dr. Dre, Ice Cube– mitificaron la figura del delincuente bien armado y conocedor de su negocio, enfrentado a policías de gatillo fácil.

Ya existían precedentes en la comunidad afroamericana –canciones, libros baratos, películas de blaxploitation– que celebraban las hazañas de pistoleros y proxenetas. Pero N.W.A. y compañía crearon un fenómeno de retroalimentación: los raperos, que siempre se excusan como meros cronistas de la realidad, popularizaron un lenguaje y unos modos de comportamiento que fueron adoptados por millones de adolescentes, incluyendo blanquitos impresionables.

La contundencia de temas como ‘Fuck the police’ no pasó inadvertida al FBI y diversos departamentos policiales: el de Nueva York creó una unidad especializada en el seguimiento de la escena del rap. Más allá de las páginas de sucesos y tribunales, el gangsta rap fue campo de batalla en las guerras culturales: era vituperado incluso por algunos intelectuales y políticos negros. La junta de accionistas de Warner fue asediada por activistas conservadores, muchos de ellos miembros de la Asociación Nacional del Rifle, que recriminaban a la empresa la publicación de ‘Cop killer’ (Asesino de policías), de Ice-T.

Las polémicas potenciaron la representatividad del movimiento: durante los noventa, el gangsta fue una de las tendencias dominantes en la música popular de EE. UU., enriqueciendo a sellos como Death Row, Bad Boy o No Limit. Sólo las muertes de 2Pac Shakur y Notorious B.I.G. enfriaron el entusiasmo por los enfrentamientos entre regiones y clanes. Los himnos a las Uzi y las Glock dejaron paso a presumir de otras marcas que son sinónimo de riqueza. Los raperos hardcore ya no explicaban cómo prosperar fuera de la ley; preferían alardear de los frutos de sus actividades callejeras. Llegaba la era del bling-bling, las joyas cegadoras que legitimaban las penalidades anteriores. Hasta los ritmos perdieron agresividad: tras N.W.A., Dr. Dre se transformó en el más solicitado de los productores, gracias al gangsta funk, una música más lánguida y orgánica, empapada en humos cannábicos.

El grunge no se contagió de ese hedonismo. El rock que se hacía en Seattle y alrededores tenía mucho de secta juvenil, refractaria a las modas. Se alimentaba de los posos del heavy metal a lo Black Sabbath, derivaba su inspiración ideológica del punk rock británico (que, aparte de The Clash, no funcionó comercialmente en EE.UU.). Dependía para su supervivencia de un entramado de fanzines, sellos independientes, locales diminutos y fans que alojaban a los grupos de gira. Puro underground.

Musicalmente, sonaba plomizo, denso, descuidado (el adjetivo grungy equivale en jerga a “sucio”). Para algunos, reflejaba el clima lluvioso y la abundancia de la heroína en las calles de Seattle. Para otros, pretendía dar un corte de mangas a la creciente prosperidad del noroeste, ejemplarizada por las trayectorias de Microsoft y Starbucks. Aunque su enemigo directo era el rock corporativo, especialmente las muy populares bandas de peluquería que venían de Los Ángeles y parecían patéticos anuncios vivientes del sexo, drogas y rock and roll.

El grunge era rock con ideología feminista, que rechazaba el machismo californiano. Se pretendía alternativo y desconfiaba del negocio. De hecho, muchos de los bandazos vitales de Kurt Cobain parecen provenir de los conflictos entre el deseo de mantener su credibilidad indie y las exigencias de su estrellato. El pacto para saltar del diminuto sello Sub Pop a una compañía potente, Geffen, fue interiorizado por Cobain como una traición. Aquí, los músicos eran más puritanos que sus propios fans: se deploraba el lanzamiento de Pearl Jam por la poderosa Epic y su impacto inmediato.

Así que el grunge murió de éxito. Aquella reconfortante imagen de chicos ascéticos, con vaqueros desgastados y camisas de leñador, chocaba con la realidad de la primera división del rock: se habían convertido en grupos millonarios, embarcados en giras internacionales y sometidos a los condicionantes habituales de grabar discos que vendieran más que los anteriores, de entenderse con el todopoderoso canal MTV y Ticketmaster (la empresa que gestionaba, con altos márgenes, la venta de entradas para conciertos). Derivó, además, en posturas apáticas, fácilmente parodiables y comercializables.

A su modo, sin embargo, el grunge rompió la mentalidad hegemónica de las grandes discográficas, habituadas a dirigir el gusto musical. Tras el boom de Nirvana, ocurrieron otros asaltos de abajo arriba, desde la (tardía) aceptación masiva del punk rock a la implantación de fenómenos marginales como el emo. De haber decidido aguantar, Cobain lo habría disfrutado.

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