A principios de agosto soñé que él estaba ahí. Abrí la puerta de un empujón y escenario seguido: a la falda del volcán de Agua. A un costado del Acatenango y el de Fuego, se encontraba dando vueltas en medio de la plaza de San Juan del Obispo, rodeado de palabras en español. En mi sueño no lo habían desaparecido, y su lucha de crear mundo con los campesinos de su comunidad estaba presente en cada esquina de la pequeña aldea.
En la carretera después de La Antigua se encuentra el pueblo natal del gran escritor guatemalteco Luis de Lión, desaparecido por las fuerzas del Ejército en 1984.
Este lúcido intelectual fue un maestro rural, que realizó talleres de poesía y teatro con niños y jóvenes. Ahora es su hija, Mayarí, quien está buscando dar continuidad, consciencia crítica y creatividad a niños, jóvenes y adultos. Trabajando y apostándole a una juventud sensible, con la que hay muchos retos y desafíos por cumplir.
La Casa-museo Luis de Lión, recientemente inaugurada, busca, en palabras de Mayarí, “sacar algo positivo de tanta oscuridad; que el visitante sepa que siempre hay algo bueno qué hacer, qué construir; que el asunto no es sentarse a llorar las desgracias y romperse las vestiduras lamentándonos de una historia que no podemos cambiar, porque ya ocurrió, pero que si la conocemos podemos aprender para que no vuelva a ocurrir”.
Este museo alternativo es un espacio que todos los guatemaltecos deberíamos conocer, porque contiene nuestra historia. La historia de nosotros los guatemaltecos. Una historia de asaltos, desapariciones y muertes, pero también un espacio lleno de sonido, pues además de enseñar la historia, Mayarí tiene una academia de música, donde mujeres de 60 años y niños de 5 pueden aprender a tocar marimba y otros instrumentos. Una delicia.
El museo abre con fotos del escritor y poeta. A quien visita, Mayarí repite: “quiero que papá sea recordado con sus cualidades y defectos. Sus virtudes y contradicciones. Como humano, pues”.
Entre tanta cotidianidad me encuentro con los que fueron los discos LP del escritor, su humilde suéter de campesino. Tengo la piel de gallina: tengo frente a mí un listado de algunos de los desaparecidos. Ahí está él. Es Luis de Lión que, desde un silencio que es voz, habla la historia de su pueblo.
A diferencia de otros museos que expresan una historia estática, este hace reflexión sobre hechos derivados de la intolerancia. Sus exhibiciones, producto de la investigación, ofrecen un espacio vivo, que privilegia la imagen. Una visita no convencional, impregnada por la magia de la palabra, en la que podrá elegir libros y otros productos genuinos, como un recuerdo de este peculiar paseo por el tiempo.
Después de recorrer la casa de Luis de Lión, el jardín de la casa de Mayarí, envuelta en sus palabras que venían desde una delicadeza y fragilidad humana, se hizo un silencio profundo entre nosotras al entrar a la que fue la habitación de Luis. Repleta de libros.
Cuenta Mayarí que cuando el Ejército llegó a “despotricar” la casa de su papá, buscando armas, él dijo a los soldados: “Yo no tengo armas, mis armas son mis libros”. Acaso es esta una lección que nos hace falta aprender.
A lo mejor es tiempo de que comencemos a desaprender los mitos, recordar que la historia no es algo estático. Es un suceso dinámico, del que formamos parte y al que habría que cuestionar y conocer para poder transformarla.
Creo que Mayarí debería ser “La Mujer del año”, porque, desde sus pocas posibilidades y sin mucho apoyo, ella enseña, promueve, acompaña. Porque desde este proyecto colectivo, comparte y da a conocer a otros no sólo lo que les ha pasado, sino lo que nos ha pasado. Desde lo más hermoso y frágil del ser humano, tuve la sensación de que otro mundo es posible en este lugar donde comienzan las puertas del cielo. De que la humanidad está llena de gente sencilla, que arriesga para hacer cosas inmensas. Este intento y búsqueda de Mayarí de recuperar la memoria histórica merece reconocimiento de nosotros los guatemaltecos para construir, aquí y ahora, las puertas del cielo.
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