Aquí no estamos en tu casa y no habrá trato alguno aunque grites.
Jacques Seidner
Cuentan –los que pretenden ser duchos en el asunto– que las relaciones extra maritales son hoy acto habitual y que el problema para los que practican tan emocionante deporte no es hallar “con quién” –siempre habrá un roto para un descosido– si no más bien “cuándo” y más aún “dónde”, ya que en dichas situaciones las sorpresas pueden ser de marca mayor. Sin tener la intención de escribir un tratado sobre el tema –Brantôme, francés del siglo XVI, lo hizo entonces con gran talento en su obra Las Damas Galantes– a continuación una historieta que pinta cómo en ese tema los epílogos pueden ser sorpresivos, aun sorprendentes.
Una ama de casa recibe en su hogar –en sesión vespertina– a su “conquista” del momento durante la ausencia de su esposo. Mientras la pareja sube al séptimo cielo y, sin ello advertirlo, su hijo de 9 años de regreso de la escuela, se esconde jugando, jugando en el clóset, cuando inopinadamente el esposo se presenta en casa. La mujer sorprendida empuja al ocasional visitante dentro del clóset donde se encuentra el niño y con el cual se entabla el subsiguiente diálogo. El niño: “¡Qué oscuridad!”. El amante: “Sí, es verdad”. El niño: “Tengo una pelota de béisbol”. El amante: “Qué bien”. El niño: “¿Me la compra?”. El amante: “No, gracias”. El niño: “Mi papá está afuera...mejor me la compra…”. El amante refunfuña: “Está bien, ¿en cuánto?”. El niño: “Q250”. Y él paga y sale oportunamente del atolladero, llevando consigo la pelota recién adquirida.
Pasa el tiempo y, en una de esas visitas excepcionalmente vespertinas –lo habitual siendo por las mañanas–, el predilecto y el niño coinciden nuevamente en el clóset en circunstancias similares a la anterior. El niño repite la operación “oscuridad” y termina por venderle al ocasional visitante bajo amenaza de alerta, su guante de béisbol en US$750.
El tiempo pasa y un sábado el papá le propone al niño efectuar una práctica de béisbol: “Toma tu guante y bola y vamos afuera a practicar”. El niño se ve obligado a admitir que ya no los tiene por haberlos vendido a un compañerito de escuela en Q1,000. El padre –personaje con principios– alarmado por la voracidad económica de su retoño y por ser amigo del párroco de la iglesita vecina, decide pedirle a este dé al niño una buena reprimenda.
Allá va, por consiguiente, para la iglesia el vástago negociante, al sombrío y oscuro confesionario. El niño un poco asustado murmura para sí “¡qué oscuridad…!”. Fue entonces que escuchó detrás de la rejilla una voz que nunca esperaba oír allí: “No empieces con tus babosadas niño de porra, aquí no estamos en tu casa y no habrá trato alguno aunque grites lo que quieras”.
Tanto las cosas de la vida son impredecibles, sobre todo en tan particulares circunstancias. FIN
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