Es el nombre de una mujer que pierde la sociedad a la que tanto provecho le hizo al haber sido asesinada sin misericordia después de su alevoso secuestro, por una banda de criminales que sólo la justicia de Dios les pedirá cuentas. Porque mientras un grupo de individuos en furiosas jaurías se pelean por lograr la Presidencia de dos poderes del Estado, los ciudadanos carecemos de toda protección, pero el fisco muy puntual, muy eficaz se ocupa de velar por los altos índices de recaudación respecto al ejercicio anterior, como si eso le devolviera la vida a la joven maestra y madre que hoy deja en la orfandad a sus pequeños hijos, quienes sufrirán su eterna ausencia. Como ella, caen muchas mujeres diariamente, pero el “combate de la violencia con inteligencia” nunca llega. Los impuestos, sí, para mantener entes inútiles como el Parlacen, y para enriquecer por generaciones a los politiqueros que rezarán siempre: “la vergüenza pasa mientras el pisto –robado– queda en casa” en este su paraíso de la orgía de la corrupción.
Da pudor leer a diario noticias como esa y no encontrar palabras para solidarizarse con el sufrimiento de los familiares –también– víctimas de la impunidad, de la indescriptible injusticia que opera en Guatemala.
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