El siglo XX fue el de las grandes revoluciones: la rusa de octubre de
1917 cuyos sueños se estrellaron en el puño de hierro de Stalin, y la
de Mao, que en otro octubre lejano movilizó a un pueblo oprimido para
iniciar una larga marcha que cambió el destino de China.
Arturo Monterroso
“Estos son mis principios. Si a usted no le gustan, tengo otros.”
Groucho Marx
Pero también la revolución de Zapata y Pancho Villa que buscaba terminar con la injusticia en el campo, ahogada en Aguascalientes un octubre más lejano aún, debido a la oposición de Carranza y a los intereses estadounidenses (querían el petróleo mexicano como ahora quieren el de Irak); intereses que también abortaron nuestra revolución de octubre que perseguía mejorar la vida de la gente menos favorecida y abrirnos una puerta a la modernidad. Los movimientos armados latinoamericanos de la segunda mitad del siglo pasado surgieron del sustrato de esas grandes revoluciones, de la rebeldía ante dictaduras e injusticias y de la revolución cubana. Al principio tenían como destino la utopía de un mundo mejor y de la creación del “hombre nuevo”: comunista, altruista y desinteresado; un ideal con el que uno podía sentirse cómodo. Si uno se inclinaba por la izquierda, claro. De lo contrario podría sentirse insultado, sobre todo si lo que uno quería era hacerse de un buen capital, vivir cómodamente y disfrutar de la vida.
A finales de los años setenta del siglo pasado el pensamiento político parecía solo posible en dos extremos radicales: la izquierda y la derecha. De un lado el comunismo. De cada quien según sus posibilidades y a cada quien según sus necesidades, era la situación utópica a donde terminaríamos por llegar. Se trataba de la economía planificada. Y del otro lado el capitalismo, que significaba dejar hacer, permitir el libre intercambio sin cortapisas y evitar la intervención del Estado. Nada más y nada menos que la encarecida economía de mercado. Parecía que las reglas eran claras y que estaban esculpidas en piedra. Y los predicadores dogmáticos de un lado como de otro nos decían lo que había qué hacer y lo que estaba prohibido. Pero a partir de 1987 Deng Xiaoping se sacó de la manga un concepto novedoso que llamó la “fase inicial del socialismo” que se parece sospechosamente a un hermano gemelo del capitalismo. E inició en China una serie de transformaciones para desarrollar las fuerzas productivas, alcanzar la riqueza material y fortalecer al Estado socialista, todo al mismo tiempo y sin sonrojarse. Esta mezcla de Estado socialista y economía de mercado no estaba escrita en ninguna parte. Claro que si uno es marxista-leninista de pura cepa le puede dar un ataque de ira, tanto como a los defensores a ultranza del libre mercado ante las acciones del Gobierno de Estados Unidos para rescatar a Wall Street del descalabro financiero.
Un viernes de octubre de 1929 se inició una de las peores crisis económicas mundiales que tuvo su origen en la Bolsa de Nueva York. Entre otras razones, se debió a operaciones arriesgadas de los especuladores, algo muy parecido a lo que pasa ahora, este octubre de 2008, cuando los grandes gigantes financieros caen como moscas. Ya sé que algunos dicen que la culpa la tiene la Reserva Federal y no los banqueros, por el asunto de las tasas de interés; que hay que culpar a Bernanke o, mejor, a Greenspan; que ya Friedman dijo que la Reserva tuvo la culpa en 1929 y, de plano la tiene ahora. Claro, pobrecita la gente de Wall Street que peca de ingenua. No se trata de avaricia. Y ahora el Estado tiene que intervenir con su plan de salvamento multimillonario que, como se sabe, será financiado por los contribuyentes. Intencionalmente no utilicé la palabra “salvataje”, de la jerga de la economía, porque no existe en español, ni hace falta. En fin, resulta que la intervención del Estado en ese país, adalid del capitalismo —y de la no intervención estatal—, es una ironía. Como se ve, nada está escrito. Y cada quien hace lo que le da la gana si tiene suficiente poder. Lo de las teorías y los dogmas es para soñadores y desocupados. La vida real va más por el lado de la audacia, el cinismo y el descaro.
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