La crisis económica en EE.UU., combinada con la inflación y la apreciación del quetzal, ponen en aprietos a un millón de hogares que viven de las remesas.
Por: Agustín Ortiz
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Rodolfo se fue hace tres años “mojado” a Estados Unidos; al poco tiempo su esposa y sus tres hijos que dejó en su natal San Martín Chile Verde (Sacatepéquez), Quetzaltenango, comenzaron a recibir los frutos de su sacrificio, convertidos en remesas mensuales. En el primer año, su familia, que entonces alquilaba casa, compró un terreno; al año siguiente comenzaron a construir. Todo marchaba bien, hasta que hace algunos meses, Fito, como le dicen en casa, perdió su trabajo y, aunque logró emplearse nuevamente, a veces tiene que soportar humillaciones y hasta que no le cancelen las horas extras. La casa aún no está terminada y su familia, con la baja en el tipo de cambio, destina cada vez menos dinero para terminar la construcción. Roselia, la esposa de Fito dice que el dinero que recibe cada mes rinde menos y casi todo se destina a los gastos domésticos. “Sigo recibiendo casi la misma cantidad que un año atrás, porque mi esposo envía un poco más y trabaja más horas”, lamenta Roselia, quien asegura que la situación empeoró con el alza de los alimentos y la suma de nuevos gastos en el hogar, relacionados con la educación de sus hijos. Familias rurales, primeras afectadasEl caso anterior ilustra la situación que están viviendo los aproximadamente 961 mil 732 hogares que se benefician con las remesas que reciben de sus familiares que trabajan en Estados Unidos, donde la crisis inmobiliaria y financiera ha mermado las oportunidades de empleo para los migrantes y erosionado su capacidad para seguir enviando dinero.Al 27 de septiembre pasado, el Banco de Guatemala reporta el ingreso de US$3 mil 240 millones por concepto de remesas familiares, un crecimiento de apenas 6.4 por ciento con respecto a igual período del año 2007, cuando se contabilizaron US$3 mil 044.5 millones y un crecimiento del 14.2 por ciento; en 2006, las remesas crecieron un 23 por ciento. Un estudio del Fondo Multilateral de Inversiones (Fomin) del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revela que las remesas hacia Latinoamérica caerán en valor por primera vez en varias décadas, debido a una combinación de efectos como la crisis económica en EE.UU. y España, la inflación y la debilidad del dólar. En el caso de Guatemala, las remesas apenas crecieron un 6.4 por ciento, por debajo del promedio de 23 por ciento de años anteriores, y por debajo de la tasa de inflación (13.69 por ciento), lo cual reduce el poder adquisitivo de los hogares que las reciben. Los primeros en sentir el fenómeno han sido las familias del interior, como en San Marcos, Quetzaltenango, Huehuetenango, Sololá, Quiché, Alta Verapaz, que registran no sólo altos índices de desplazamiento y los mayores porcentajes de recepción de remesas. La situación de Floridalma Jimón, de Zacualpa, Quiché, es otro ejemplo. Hace nueve años que su esposo trabaja en Estados Unidos, y en todo ese tiempo mandaba en promedio el equivalente en quetzales de US$1 mil mensuales, pero este año no ha sido así; hace tres meses lo despidieron de la fábrica donde laboraba, por permanecer ilegal en ese país. Aunque el esposo de Jimón no ha dejado de enviar dinero, la cantidad se redujo. Parte del dinero sale de los ahorros de los últimos años y el producto de trabajos esporádicos. “A veces sólo consigue trabajo tres días a la semana y no le quieren dar más de ocho horas, encima le pagan menos”, relata. Impacto en crecimiento económicoUbaldo Villatoro, coordinador ejecutivo de la Mesa Nacional del Migrante (Menamig), señala que si bien en general el flujo de remesas ha mantenido un crecimiento respecto con 2007, este año será notable la contracción de las transferencias de dinero. No es para menos, las remesas familiares aportan un 10 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).Villatoro argumenta que en este aspecto no sólo influye la menor capacidad de envío de remesas, asociada a la caída de los salarios y la pérdida de empleos para migrantes en ese país, sino también el tipo de cambio, la inflación, el costo de las transferencias, las deportaciones y la disminución de personas que intentan viajar o de quienes logran llegar a su destino. “Hasta hace dos años emigraban en promedio unas 100 mil personas anuales, este año estimamos que si mucho llegarán a 60 mil, una caída del 40 por ciento del flujo migratorio; además, se prevé que para finales de año, las deportaciones sumen unas 64 mil”, reitera. Lo más preocupante, según Villatoro, es que las remesas sostienen a la economía doméstica y en la medida que las transferencias disminuyan, agrava la precariedad de vida de los beneficiarios. Un estudio de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) refiere que el 49 por ciento de las remesas se destina al consumo, el resto se distribuye entre inversión para desarrollar alguna actividad económica, ahorro o causas sociales. Las personas consultadas coinciden en que años atrás recibían hasta US$1,000 cada mes. “Sencillamente ya no pueden mandarnos más, la última vez que recibimos fueron US$300 y lo dividimos entre ocho”, concluye Dolores Álvarez, de Catarina, San Marcos. |
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