El síndrome de Estocolmo es un estado psicológico en el que la víctima
de secuestro, o persona detenida contra su propia voluntad.
Bernardo Bach
Desarrolla una especie de relación de complicidad con su secuestrador. E incluso pueden acabar ayudando a los captores a alcanzar sus fines.
Pues esto se da mucho en la publicidad. La subordinación complaciente de la agencia a su cliente importante, tiene una explicación: parece ser cuestión de sobrevivencia. Al igual que en el caso de la víctima de un secuestro, el publicista asume que su vida corre peligro y que su éxito o fracaso depende de la voluntad exclusiva de su cliente, a menudo en la figura de un brand manager, un gerente de mercadeo o un director general. No es de extrañarnos que, por este temor, los publicistas nos hayamos convertidos en una suerte de people pleasers, y que por ello, no alcancemos con frecuencia nuestro máximo potencial de contribución efectiva. En esta profesión se confunde mucho el ser servicial con el ser servil.
Igualmente, no son pocos los clientes que actúan como captores y que prefieren dominio y control total, enajenando la libertad creativa, el entorno propositivo, el ambiente propicio para la generación de ideas e iniciativas. Bajo el efecto del síndrome de Estocolmo, no somos pocos los que hemos caído en un momento u otro, en la trampa de hacer lo necesario para complacer a quien nos domina. Los rehenes tratan de protegerse en el contexto de situaciones incontrolables, en donde tratan de cumplir los deseos de sus captores. ¿Suena conocido? ¿Explica esto la conducta que a menudo vivimos gerentes, creativos o ejecutivos? ¿No es a menudo así entre subordinados con sus jefes?
En esas situaciones en las que nos hemos visto todos, no es de extrañarnos que el gerente de mercadeo silencie frente a su jefe y nos deje morir solos en una presentación, cuando la campaña está fuera de estrategia por un brief mal entregado o bien cuando él aprobó previamente.
En una cultura en donde se privan las libertades, y se ejerce autoritarismo con la frase “porque soy el cliente”, es normal observar miedo al error, a ser despedidos, a perder la cuenta, a no lograr agradar al captor.
Por esto, quienes tenemos algún grado de autoridad, debemos cuidarnos de no generar involuntariamente estas condiciones y por esto, la tolerancia es una condición necesaria. Igualmente, en nuestras relaciones con personas en una posición de autoridad, debemos cuidarnos de evitar el temor y la frecuente cobardía que se genera cuando nos sentimos en peligro de perder.
Sepamos distinguir cuando la lealtad se confunde y se entrega a un abusador más poderoso, y observemos con atención el estado de todas nuestras relaciones. La esclavitud económica existe y por esto, sólo se encuentra salida en la valentía y la confianza personal.
¿Padecemos de algún grado del síndrome de Estocolmo? En tu condición de parte de un equipo de trabajo, del lado del cliente o de la agencia, ¿estás en relación con algún secuestrador de tu talento y verdadero potencial? ¿Será que dócilmente optamos por la seguridad que nos ofrece decir y proponer lo que agrada?
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2 comentarios:
Juan Carlos Aparicio: (2008-10-06 11:47:40 horas)
Felicitaciones por tan objetivo y verás artículo. Es lamentable que el talento y la experiencia de Creativos, Directoras de Medios y Ejecutivos se pierda a manos de "juniors" que no saben ni en donde están parados.
La publicidad en nuestro país no podrá remontar su vuelo, mientras los dueños y Gerentes de agencia no tengan el coraje de defender a su equipo ante los caprichos del cliente.
Cuando vemos la relación cliente - agencia en otros países de América Latina nos encontramos con clientes que ven a los publicistas como profesionales de mucho respeto. Ojala que en nuestro medio se llegue a esto, algún día.
Juan Escobar: (2008-10-06 10:20:13 horas)
Pero veamos también el tal Síndrome de Estocolmo, desde el lado del públco consumidor con respecto del dueño de la publicidad, digamos, en el caso de los monopolios y cárteles chapines. Éstos tienen mercados cautivos de cemento y azúcar, por ejemplo, y nos inundan con multimillonaria publicidad que nos permite recordar CADA VEZ QUE LA VEMOS, que somos consumidores encadenados a empresas favorecidas por privilegios seculares y que nos roban dinero debido a la inexistencia de competencia. Psicológicamente ¿esa publicidad busca que aceptemos tal imposición de precios abusivos, para siempre, a base de lavarnos el cerebro de manera continua sobre lo bueno de cada producto y la cantidad de empleos que generan?.
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