Yo era un “gafo”; ella, la hija de un comerciante italiano, pero me quería.
Marcela Gereda
Más tarde o más temprano todos perdemos. Lo sabe su voz entrecortada. Apenas audible. Su espalda encorvada, como si soportara en ella el peso del mundo. Sus ojos grises y ausentes parecen narrar desde otro tiempo que sigue siendo su ahora. Con voz quebrada empieza a hilar frases. Antes de que pronuncie la primera palabra ya estamos en otro tiempo.
El doctor Juan José Arévalo recién había sido electo democráticamente; ello suponía un mundo de posibilidades para el país. Salíamos de una larga dictadura como se sale de una noche de pesadillas, dicen sus labios finos, mientras se toca las barbas largas, amarillentas de tanta nicotina. La esperanza de una Nación soberana se había instalado en nuestros corazones, agrega el viejo.
Era aquella la época en que me invitaron a un día de campo con aquella familia, de padre italiano que venía de una provincia pobre del sur de Italia. Sucedió en aquellos días que me llamaron para ir a un aséptico día de campo. Mis expectativas para aquel día eran pocas. “Yo, un gafo, obrero”, entre gente de mucha plata”.
Un ambiente familiar, de amigos, y quizá los curiosos del lugar. Ella tenía todo entre sus manos: la música y el alma de la vida.
“Su sonrisa, un milagro. Su inteligencia, incuestionable. Audaz, simpática. Extremadamente bella. Todo aquel que la veía quedaba enamorado. Era la hija de aquel hombre del sur de Italia, en búsqueda de algo mejor en estas tierras del corazón del trópico del mundo”.
Junto a su hermano Leandro, Mercedes hacía de la vida cada segundo. Sus manos eran dos mariposas que se fundían con el piano. Su inteligencia le creaba el amor a la vida. De su boca salían frases sabias, delicadas y verdaderas. Toda ella contenía la devoción del mundo.
Sentarse frente a ella era un poco como desafiar cualquier propuesta que uno se hiciera. Su pregunta de entrada: ¿te gusta leer? Y de ahí, el mundo.
Aquel día de campo significó compartir con aquella familia. Aprender del valor de la familia. Toda unida y volcada en los días felices y los no felices. Significó también años de compartir con ella. Años de notitas y sueños. De poesía, música, letras, y percepciones sobre el mundo. Con ella supe que escribir sólo era posible si era a través de ella. Nunca escribir podía ser un acto a solas.
Teníamos encuentros casuales, acaso esperados, siempre un gesto amable, siempre a la expectativa de la palabra del otro. Entre sus manos un poema de Neruda.
Para mí, ella era inalcanzable. Acaso un amor imposible. Yo era un simple “gafo”; ella, la hija de un comerciante italiano. Pero ella me quería. Era septiembre, el mes de su cumpleaños. Me decidí a declararle mi amor en el poema “La canción de septiembre”. Al entrar a aquella fiesta me sentí pequeño, un niño a punto de declarar su delito al mundo. Supe que saldría por la misma puerta por la que había entrado, sin mi poema en la mano y con una herida en el alma. “Me iré a pasar el invierno a Europa”, dijo su voz femenina y delicada. Se marchó ese septiembre y nunca más mis ojos encontraron los suyos.
“La canción de septiembre es un beso no dado, es un abrazo que me duró toda la vida. Un abrazo que lo encuentro en mis sueños que son mi mundo; mi única y posible realidad”.
La noche es larga y de estornudos; a lo lejos vuelvo a escuchar las palabras del viejo de barbas largas y frases entrecortadas, repasando su vida en un sueño de 20 poemas de amor. “Tirando sus redes sobre la tarde” y viviendo un mañana que comenzó antes de ayer.
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7 comentarios:
alfonso villacorta: (2008-10-06 19:00:53 horas)
Con la carta a un tal Manuel Jose Arce y esta cancion de septiembre como que esta inaugurando una seccion literaria que esta en todo su derecho de hacer, pero el consejo editorial debiera reubicarla junto a don Maurice.
Daniel Calderón: (2008-10-06 16:56:21 horas)
Es lo mejor que le he leído como antropóloga.
Ing.M.Sc. Carlos E. Hernandez B.: (2008-10-06 16:02:54 horas)
Creo que el señor Porres Velasquez nunca tuvo una desilucion sentimental en su vida. ¿No se acuerda de ese adios que dijo o que le dijeron y que aun no olvida?. Y si ya lo olvido, pobre de usted porque ya perdio toda sensibilidad. Como dice Teresa Alvardo, pongase a escuchar musica todo el dia, probablemente el regeton le vaya bien a una persona que critica de forma tan rustica y mediocre.
juan fratti: (2008-10-06 15:20:10 horas)
Me gusto el articulo, aunque yo me imaginaba hace distinto pues hace unos agnos vi el documental producido por CBC, Canadian Broadcasting Corporation, llamado asi precisamente "September Song"y que trata precisamente de la vida del luchador antifascista Kurt Weil, y que se vino huyendo de la Alemania Fascista, amigo de personajes del teatro y la Farandula, como el inigualable Bertolt Bretch.....un documental ameno, que incluye musica que yo creia que era original del malogrado Jim Morrison de los Doors, como Alabama's Song y otras. Si alguien esta interesado, quizas la seccion cultural de la Embajada Canadiense, la posea en Guatemala, o la haga venir, aunque la verdad es que la sociedad CBC, no es muy del agrado del actual Primer Ministro Mr. Harper, pues ha sido muy critica de sus cortes a los programas culturales.....en fin.
Teresa Alvarado: (2008-10-06 11:19:09 horas)
Si no te gusta leer ponte a oir musica todo
el dia.
La mediocridad la define Oscar Whilde asi
Aquellos que dan un significado feo a las cosas bellas son personas defectuosas;
para ellos, no hay esperanza.
Cuando leí el titular creí que era algún artículo referido a los 61 años de vida de Radio Panamericana, emisora que tiene como tema ,y en diferentes versiones musicales, la Canción de Septiembre. Vaya!, me dije, por fin abrá felicitación para la radio de la mejor música en Guatemala. Sorpresa. Qué desperdicio de espacio. Leí una narración de poca monta estilística y mediocres recursos literarios. Lástima.
GIL ZU: (2008-10-06 09:25:55 horas)
Sigo creyendo que la poesia es parte de
la vida y que los sueños permanecen en
nosotros despiertos o dormidos.
La historia de Marcelita me hace recordar aquel anciano interviniendo en las discu
ciones de sus cuatro hijos.
Les pidio que cada uno saliera al patio a
contemplar el arbol sembrado y cuando
regresara diera cada uno su opinion.
Uno dijo que haber visto un arbol sin ho-
jas y no le gustó. El segundo decia que ya
tenia hojar pero le faltaba algo. El Tercero
que habia visto flores pero no estaba completo y el ultimo vio los frutos pero
el arbol estaba ya cansado.
El anciano les explicó que cada uno habia
visto una estacion distinta. El que lo vio sin hojas es igual al hombre sin ideas.
El que tiene ideas le falta experiencia. Los
frutos son los exitos y el cansancio es el
cansancio de la vida cuando se requiere
revitalizarnos y tratar de mantenernos.
Al final dijo : Como en la 0bra de Casona
quiero ser como los arboles que mueren
de pie.
7 comentarios: