La educación como otras experiencias de la vida se desarrolla entre sentidos encontrados. Por una parte, se tiene la firme convicción de los beneficios alcanzados por su efectiva manifestación y, por otra, la duda más radical por su incumplimiento con las aspiraciones sociales, de cara a los cambios que supuestamente animará para alcanzar una visión compartida de la propia sociedad.
En Guatemala se vive con mayor intensidad esta dualidad de sentimientos. Adicional a la fragmentación social y perspectivas, pareciera ser que nuestra inconformidad se manifiesta ante los rezagos sociales evidentes y los avances realmente lentos en la educación, en comparación con otros países de la región de América Latina.
La balanza de la frustración se agrava desde los sectores más pobres, que verdaderamente luchan por que sus hijos puedan al menos contar con un maestro y algún tipo de espacio llamado “escuela” para recibir, si bien va, hasta el cuarto o quinto grado del nivel primario. Para este grupo mayoritario de la población que asiste a las “escuelas públicas”, hablar de calidad es algo que se deja para después. Para los pobres la calidad de la educación pareciera ser prohibitiva. Este es en todo caso un objeto de lujo para unos cuantos.
Entre las explicaciones parciales que se expresan se encuentran argumentaciones y discusiones, que van desde que los maestros son los responsables de una formación sin los resultados esperados hasta que en grupo poderoso no tiene voluntad para educar a la gente; desde que no se cumplen los horarios escolares hasta la falta de material didáctico; desde la desnutrición de la niñez hasta la ausencia de participación de los padres y madres de familia. También se dice que son las condiciones socioeconómicas de la población las que impiden un mejor aprovechamiento.
Pero la comunidad y maestros deben reconocer que a pesar de los males y la pobreza de las condiciones pedagógicas, la educación adquiere un matiz esperanzador si se reconoce que el mejor acompañamiento del alfabeto, los números, el conocimiento y la historia, es la construcción de capacidades para que la niñez crea en sí misma, en sus facultades de discernimiento, el ejercicio de la libertad y, sobre todo, de su temperamento para transformar las cosas que impiden el desarrollo individual y social.
Agregar comentario:
1 comentarios: