Los inquilinos más “conservadores” que ha tenido la Casa Blanca en años, están tirando por la ventana sus supuestos “principios” económicos y están moviendo cielo y tierra en el intento de controlar la crisis financiera de Wall Street.
El jefe de la Reserva Federal, Ben Bernanke, todavía no ha salido en helicóptero a tirar dólares a la calle, pero ya es de lo poco que le queda por hacer.
Mientras tanto, eso de ver al tío Sam sudando y resoplando sobre la máquina de imprimir billetes, inyectando cantidades estratosféricas de dinero a la economía, ha animado a países como el nuestro a seguirle los pasos.
El gobierno de Álvaro Colom ha solicitado una ampliación del presupuesto que ronda los Q10 millardos, es decir casi el 24 por ciento sobre el anterior. El ministro de Finanzas, Juan Alberto Fuentes Knight, ha justificado esta posición argumentando que la crisis actual se puede enfrentar con austeridad extrema, como hizo Ubico en la Gran Depresión, o al estilo de Lord Keynes, incrementando el gasto público sin timideces.
Yo creo que para tomar una decisión razonable hay que poner un poco de perspectiva histórica.
No sé si la crisis actual sea más o menos grave de la que comenzó con el crash de la Bolsa en octubre de 1929, pero lo que sí puedo afirmar, sin vacilaciones, es que la economía de la Guatemala de hoy no es la de 1932, el peor año de la Gran Depresión. Según el historiador Kenneth J. Grieb, cuando el general Jorge Ubico llegó al poder encontró US$27 dólares en las arcas públicas. Literalmente, el Gobierno no tenía un centavo.
Además, en aquel entonces Guatemala era todavía más pueblón de lo que es hoy. La ciudad capital tenía unos 100 mil habitantes, con pocos almacenes y contadas fábricas casi paleozoicas. El país estaba quebrado por la baja en los precios de los productos de exportación, principalmente el café.
Hoy todavía somos un país pobre, pero la situación no se compara. Tenemos una economía mucho más compleja que la de entonces, todavía muy dependiente de Estados Unidos, pero menos que entonces, y contamos, además, con cerca de US$5 millardos en reservas internacionales.
Nuestra deuda pública es una de las más bajas de Latinoamérica, aunque en los últimos meses se ha incrementado, precisamente con el argumento de que nuestros vecinos están mucho más apalancados que nosotros.
Me parece que en las presentes circunstancias la prudencia debería ser nuestra mejor consejera: el Gobierno necesita examinar con ojo crítico la ejecución del presupuesto, priorizar el destino de los recursos y evitar excederse en los gastos. Los actuales remezones de Wall Street no deben hacernos olvidar las pesadillas que vivió Latinoamérica a fuerza de endeudarse, corregidas luego a punta de dolorosos “ajustes”.
Las necesidades de un país como el nuestro son incontables, pero hay que saber reconocer cuando la virgen no está para tafetanes. El desafío del Gobierno estriba en identificar prioridades y atenderlas con la mayor eficacia posible. Eso significa que van a tener que escoger –como el resto del país— en dónde enfocar los recursos, que inexorablemente son limitados.
Para fortuna del gobierno del presidente Colom –si se quieren comparar con Ubico- hay bastante más que US$27 en caja para enfrentar esta crisis. De hecho, en varias ocasiones el mandatario ha dicho que ha encontrado “gavetas” de recursos desperdiciados, como por ejemplo deudas de cooperación que se han pagado, pero que jamás han cumplido su objetivo, porque están invertidas en los bancos, generando intereses para que viva a sus anchas un grupito de pillos.
El Gobierno no se puede dar el lujo de pedir más dinero, cuando se transfieren fondos sin ejecutar del Ministerio de Educación, cuando la medicina se pudre en las bodegas de los hospitales, o cuando el Congreso se pone a especular en la Bolsa con una cartera de “ahorros” cuya existencia misma no se justifica.
Antes de solicitar un aumento de Q10 millardos al presupuesto, el Gobierno debe erradicar ese tipo de vicios, elevar sustancialmente los niveles de ejecución y mejorar la rendición de cuentas y la transparencia.
Uno de los pocos logros del Estado, en la última década, ha sido mantener cierta disciplina en el presupuesto. Eso nos permite enfrentar con mejor pie la crisis actual. Pero la idea es que esa virtud se mantenga, para que no sea al sucesor de Colom a quien le toque encontrar US$27 sobre el escritorio.
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