Debo confesar que cuando hablo de Carlos Torrebiarte, mi suegro, no puedo ser imparcial. A él lo quise con todo mi corazón. Lo adoré. Así. A secas. Carlos fue uno de esos grandes regalos que Dios ha dado a mi vida. Ser parte de su familia, conocerlo de cerca, aprender a escucharlo y absorber su sabiduría fue para mí la experiencia más enriquecedora. En enero pasado, cuando repentinamente Carlos fue diagnosticado con cáncer de páncreas, la noticia nos cayó como balde de agua fría. Nos derrumbó. Carlos ha sido el roble de la familia; el árbol fuerte de donde se desprenden todas las ramas. Sentimos que, en un segundo, ese gran roble se volvía vulnerable. Creímos que se iba a secar, pero jamás fue así. Renació, y mucho más robusto.
Cuando un cáncer toca a las puertas de una familia, la enfermedad puede convertirse en un drama o puede redimirnos. Carlos nos enseñó que de lo que aparentaba ser una tragedia podíamos sacar las mejores lecciones de vida y crecimiento. Vivir estos 10 meses al lado de Carlos y acompañarlo en esta enfermedad ha sido, para mí y la familia, uno de los tiempos más duros, pero también más enriquecedores. Junto a Carlos aprendí a vivir a plenitud el día a día. Fue a través de su ejemplo de hombre invencible y luchador que comprendí que el ser humano puede desafiar al mundo, vencer las predicciones y diagnósticos médicos. Me enseñó a creer que existe la anatomía de la esperanza, que nos mantiene vivos cuando el cuerpo dice “ya no puedo más”.
A pesar de lo doloroso que puede ser un cáncer, a Carlos siempre lo vi de pie. Nunca se quejó. Fue productivo hasta su último momento. Ni las intensas sesiones de quimioterapia lograron doblegarlo. Celebró la vida mientras la tuvo; vivió intensamente la amistad que le brindó su extraordinario grupo de amigos. Compartió con su familia, su madre y sus hermanos largas jornadas de charlas, y con su ejemplo mostró que, a pesar de la adversidad, debemos vivir la vida intensamente y luchar hasta el último momento.
A través de la enfermedad de Carlos aprendí que la vida se vive a pasos, día a día. Aprendí a distinguir entre lo que es importante y por lo que vale la pena luchar, y los asuntos cotidianos en los que nos afanamos y que, al final, son lo que debemos dejar ir. Carlos me enseñó a dejar atrás lo que no vale la pena y que la vida tiene círculos que debemos aprender a cerrar, aunque nos duela. Con él aprendí a dejar ir el pasado y perdonar sin rencor ni recriminaciones, para vivir con alegría y plenitud el presente. Gracias a Carlos pude sumergirme en lecturas profundas sobre la vida y la muerte, y comprender que somos seres de paso, y que cuando nuestro final llegue, lo único que dejaremos serán las buenas obras y el amor.
Hace pocos días, mis hijas Camila, de 9 años, y Paulina, de 11, hicieron una tarjeta al abuelo donde escribieron: “Ito, te admiramos porque sos un gran luchador, no te das por vencido. Sos nuestro líder… nuestro héroe”. Y ese, fue el legado que Carlos dejó a sus nietas: el de un hombre que demostró que los árboles mueren de pie y no se doblegan en vida frente a la adversidad.
Por meses insistí a Carlos con que escribiéramos sus memorias; siempre se detuvo a decirme: “Mis mejores recuerdos fueron en Cámara de Industria, como Presidente, en los años ochenta; entonces sí nos enlodamos por cambiar este país”. El tiempo se nos adelantó y no pudimos acabar el proyecto porque él insistía en hacer una lista donde no faltara ni uno de los personajes que estuvieron allí, para reconocerles. También recordaba los días en que, junto a sus hermanos, fundó Calzado Cobán, sudando gota a gota el trabajo, y en su última etapa sintió orgullo cuando reformó el Seguro Social y dejó el legado de un hombre honesto que volvió a llenar las arcas de una institución corrompida.
Carlos fue amante de Guatemala y del trabajo duro. En una ocasión recibí en mi oficina a una de sus empleadas del Seguro Social que me confesó: “Yo soy una de la personas a las que su suegro dona todos los meses parte de su salario, porque no me alcanza para vivir”. Él nunca nos dijo nada. En él se cumplió el refrán: “Que tu mano derecha no sepa jamás lo que hace tu izquierda”.
Carlos fue un hombre sencillo, desprendido de lo material y enfocado en la rectitud. En un homenaje de la Cámara de Industria se limitó a decir: “A mí, no tienen nada que agradecerme. Mi naturaleza es servir, trabajar y ser un hombre honesto, porque eso fue lo que mis padres me enseñaron”.
Carlos deja un inmenso vacío. Lo vamos a extrañar. Este es un modesto homenaje para un gran hombre que transformó mi vida y a quien quiero y lloro con todo mi corazón. Y un mensaje de amor para mi familia Torrebiarte Lantzendorfer, en especial para mi amado Diego.
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