La sardónica carcajada de Alfonso Portillo resuena en los oídos de los incrédulos guatemaltecos que, siempre esperanzados por un cambio en el sistema, creímos que una pena justa le caería al ex mandatario por la cadena de desfalcos que cometió, apañando siempre a sus cercanos amigos y protectores. El traslado de Q120 millones para beneficiar a la élite de sus pillos más cercanos que, hasta la fecha no justifican su proceder, no fue suficiente para el juez Quinto del ramo Penal, Julio Jerónimo Xitumul, para condenarlo a prisión o al pago de una medida sustitutiva equivalente a la cantidad por la que debió responder al Estado de Guatemala.
La manera como el juez decidió salvarlo no nos debió sorprender, ya que es exactamente la misma como se ha exculpado a los protagonistas de otros casos similares, para quienes los jueces generalmente encuentran la forma de lavarles los delitos a los políticos y a los narcos. El repudio común recae sobre él, sin embargo, si se reflexiona sobre todos los hechos que respaldaron el andamiaje de la felonía orquestada y que culminó con el acto del juez Jerónimo, sale a luz que ya muchos estaban enterados y listos para participar en el burlesco.
El papel que hizo el representante del Ministerio Público no tuvo la contundencia que debió haber tenido. Si tan solo ese Fiscal hubiera pensado en los más de cinco crímenes que envuelven las congeladas investigaciones que, por separado se siguen a civiles y militares, si hubiera pensado en la situación de sumisión en que el peculado y la libre criminalidad nos sujetan, quizás su actuación hubiera sido más enfática.
Y qué comentar de los chicos y chicas del FRG. Hicieron el papel del coro que hace bulla y se agita en las obras clásicas. Listos estaban esperando en el aeropuerto para vanagloriar a su héroe, acompañarlo al Organismo Judicial y presenciar juntos la culminación de la obra. Al final lo arrulló el director de esta nueva farsa y lo abrazaron compungidos los primeros actores de otras farsas que, como la del ex mandatario Portillo sirven para la catarsis de este pueblo: no crean que la democracia es justicia y equidad.
Al preguntarnos quién manda en nuestro esquilmado y famélico país, la respuesta sigue siendo la misma desde hace más de 30 años: la cara la sacan los políticos salpicados con la plata y se benefician algunos militares y empresarios corruptos. Los nombres de políticos cambian, los beneficiados son todos coyotes de la misma loma. Para salvarlos de un resbalón está el sistema de justicia. Lloro con los otros jueces y los otros fiscales que mantienen sus principios para volvernos a hacer creer que en Guatemala todavía hay esperanza.
El montaje burlesco es digno de pasar a la historia como el paradigma de la manera como el andamiaje del poder paralelo actúa.
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