Este cóctel político tiene tres elementos. 1. Choque. Alfonso Portillo, gobernante, chocó abiertamente con una parte de la poderosa cúpula empresarial. 2. Corrupción. Durante su gobierno hubo señalados casos de corrupción al punto que –antes de concluir el período– altos funcionarios fueron condenados en los tribunales. 3. Mafias. Hubo señalamientos de asociación con el crimen organizado. Los elementos 2 y 3 han formado parte de los cócteles de todos los gobiernos, así que concentrémonos en el 1 como explicación del “factor Portillo”.
¿Por qué el choque Portillo–cúpula empresarial? Empezó por la amenaza de capitales emergentes cuyos intereses la cúpula adivinaba detrás de las medidas de política económica de Portillo. Ganó la incertidumbre y la desconfianza, y éstas adquirieron vida propia pues todo era sospechoso. Al año los capitales amenazantes cayeron solos, pero la historia no se pudo rehacer. El choque siguió por inercia. Al arrebato económico le ganó la diatriba verbal e invadió el campo del choque personal, hasta adquirir rango de política nacional de confrontación. En esa dinámica se pierde el fondo: el mercado se profundizó, temporalmente la relación patrono–trabajador ganó algún equilibrio por la vía salarial, los indicadores clave de la macroeconomía se mantuvieron, incluyendo los costos de la estabilización financiera. Portillo no privatizó, tampoco estatizó.
El choque disparó la artillería de “corrupción” y “mafias”. Esto se entiende al comparar percepciones creadas sobre el gobierno de Portillo y el de Berger: éste fue producto de una momentánea pero sólida coalición del sector privado, y los trapos sucios de su gestión se lavaron en casa. Por tanto, en la historia escrita hasta ahora, ni la corrupción ni las mafias lo califican. Podemos especular las “dosis” (quién fue más corrupto, cuándo estuvieron mejor las mafias), pero ¿quién mide con exactitud cuándo el agua hirviendo se hizo gaseosa? Vivimos un contínuum de corrupción y mafias.
Ahora Portillo está de vuelta y se sometió al sistema. El Juez, basado en las normas, dictaminó. La fiscalía no tenía un caso armado (fue evidente el martes) y si no lo logró durante cuatro años de oro en que extraditar y meter preso a Portillo fue su prioridad política, ¿cómo irá al debate oral? Fuera de los tribunales, el dato es que el inesperado “factor Portillo” ya alteró el paisaje político como ningún otro personaje hasta ahora lo había hecho.
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