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Luis Enrique Pérez expone, “con peligrosa simplicidad pedagógica” (sic), su pensamiento sobre el capitalismo y el socialismo (Siglo Veintiuno, lunes 6 de octubre). Allí intenta endosarnos el engaño según el cual (y según él) “la historia demuestra que los Estados que más se han aproximado al ideal capitalista han procurado un mayor bien social que aquellos que más se han aproximado al ideal socialista”. Qué raro: tal vez no sepa que tanto Canadá como los países escandinavos se disputan entre sí el honor de ofrecer a su gente los más altos índices de calidad de vida en todo el planeta (y no hace falta ser socialista para reconocer algo tan obvio… ni le añade méritos a un capitalista el quererlo negar). “El capitalismo es capitalismo de individuos”, sostiene Pérez, “y el capitalista puede ser cualquier ciudadano”. Pero ocurre que no todos los individuos de un país son sus ciudadanos: la ciudadanía implica gozar de ciertos derechos a cambio de adquirir ciertas responsabilidades, y eso es algo que no se le garantiza por igual a todos los habitantes de un país. Hubo un tiempo en que ni los indios, ni los negros, ni las mujeres, ni los sin techo, ni los siervos eran considerados ciudadanos de la nación de la que formaban parte, aun tratándose de democracias supuestamente tan ejemplares como la gringa, o la tica. No digamos Guatemala, donde en teoría hoy por hoy todos somos iguales ante la ley, aunque en la práctica una minoría acaparadora guste de cacarear las bondades del (cada vez menos libre) mercado, mientras bajo la mesa retiene sus privilegios a fuerza de coaccionar al gobierno títere de turno, dejando con ello a millones de “ciudadanos” sin acceso a los requisitos indispensables para insertarse en un modelo capitalista que, por lo tanto, aquí no termina de cuajar. |
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