Poco después de haber terminado mis estudios en la escuela normal Central para Varones , me
enteré que el Gobierno de Chile ofrecía una beca para un maestro guatemalteco que tuviera interés en perfeccionar sus conocimientos pedagógicos, en la Escuela Normal Superior Abelardo Núñez de Santiago de Chile. Presenté los documentos pertinentes y el día señalado me dirigí hacia la escuela normal de Señoritas Belén, para participar en el concurso por la beca.
En el camino me topé con Eugenio Aragón y Herminio García, y juntos llegamos al salón donde estaban los demás concursantes. Eugenio se había graduado de la Normal hacía unos cuatro años; a Herminio no lo conocía. Lo cierto es que Eugenio Aragón fue el ganador, y ese fue para mí el final del sueño de estudiar en Chile.
Unos 30 años más tarde, me tocó representar a la UFM en las celebraciones del 135 aniversario de la fundación de la Universidad de Chile, fundación en la que mucho tuvo que ver don Andrés Bello, el célebre gramático venezolano, razón por la cual todos los invitados recibimos la medalla que lleva su nombre, en una solemne ceremonia presidida por el general Toro Dávila, a la sazón rector delegado de la universidad. Pregunté por la Escuela Normal Superior Abelardo Núñez y me informaron que esta ya no existía como un ente académico separado, sino que estaba incorporada a la Universidad de Chile. Y empecé a darme cuenta de que los chilenos no se parecían mucho a nosotros, es decir a mis colegas de la Facultad de Humanidades de la Usac. Todos ellos, me refiero a los chilenos, eran muy atentos y cordiales, y tuve la sensación de que en una semana allí yo había hecho más amistades que en los quince o más años que tenía de estar en Humanidades. Uno de ellos , tan rubio como cualquiera, se sentía orgulloso de que por sus venas corriera sangre indígena. Otro, de apellido Donoso, ( pero no José, el escritor) a quien escasamente había conocido en el “champañazo” posterior a la
inauguración del seminario, me invitó a cenar en un restaurante. Y así, con los demás: todos ellos personas amables, corteses, felices de conversar con colegas que habían llegado de lejos. Mi ponencia El sentido de la justicia en el concepto de justicia
social, no provocó ninguna discusión.
Pero no es de ninguno de los amigos chilenos que conocí en esa ocasión que deseo contarles algo, sino de uno que algunos de ustedes probablemente conocen mejor que yo, ya que se trata de un escritor que en Chile recibió el Premio Nacional de Literatura en 1994 y en la Universidad de Alcalá de Henares, en 1999, el Premio Cervantes. Me refiero, por supuesto, a Jorge Edwards, nacido en Santiago el 29 de junio de 1931.
Recientemente apareció en mi casa un ejemplar de La casa de Dostoievsky, Premio Iberoamericano de Narrativa, Planeta–Casamérica 2008, 329 páginas, y me lo he leído, como se dice, de un tirón. Después, me enteré que Edwards estuvo en el Servicio Diplomático de Allende, el médico al que talvez le hubiera ido mejor ejerciendo su profesión, al igual que al argentino de la boina. Nunca antes había yo leído una obra de un escritor hispanoamericano (exceptuado Borges) que mostrara tanto dominio de diversas técnicas narrativas y evidenciara, además, una cultura literaria, artística, política y filosófica tan amplia y profunda. Desde la primera vez que estuve en Chile, pude darme cuenta de que la educación chilena era muy superior a la nuestra. Los estudiantes de la Usac, en cambio, se oponen a que haya prueba de ingreso, y ayer los escuché exigiendo que un estudiante que pierde tres materias pueda seguir probando suerte. También he escuchado “nuestros pueblos indígenas siguen resistiendo para mantener viva nuestra cultura”, es decir que siguen resistiendo la civilización occidental, que tanto les serviría para mejor apreciar la nuestra.
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