En la mayoría de los casos, las mujeres decimonónicas, no gozaban de la libertad para salir de casa, y si lo hacían era acompañados del esposo, quien se sentía con todo el derecho de pegarles o maltratarlas si así les venía la gana.
Por: María Elena Schlesinger /Ayer mes@itelgua.com
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En la mayoría de los casos, las mujeres decimonónicas, no gozaban de la libertad para salir de casa, y si lo hacían era acompañados del esposo, quien se sentía con todo el derecho de pegarles o maltratarlas si así les venía la gana. En la España medieval, por ejemplo, la mujer era la encargada de servirle al hombre –su amo, y su señor– . La esposa le preparaba los alimentos, y ella, tenía prohibido sentarse con él a comer a la mesa, y debía de hacerlo en el piso, al lado de los perros, muchas veces de las sobras que el “señor” le tiraba al suelo. Si hablamos de la educación formal a la mujer, ésta era escasa, y cuando la había, se limitaba a aprender a leer y a escribir y a las cuatro operaciones básicas de las matemáticas. Sus lecturas estaban circunscritas a obras religiosas como los breviarios y los libros de las horas por lo cual no había oportunidad de desarrollar la inteligencia a través de la comprensión y conocimiento de nuevas ideas. Se le negaban los textos ilustrativos “porque desvirtúan su femineidad”, por lo cual, destituidas del pensar y del actuar, no tenían muchas posibilidades de sobrevivir de manera digna y holgada si no era a través del yugo conyugal o religioso. Por muchísimos años, los hombres han repetido clisés con los cuales se desvalorizaba a la mujer y a su trabajo: “En el hogar, el hombre la cabeza y la mujer, el corazón”. O “el hombre, el cálculo y el esfuerzo; la mujer, el sentimiento, la abnegación y el consuelo”, nociones que inclusive las mujeres nos hemos llegado a creer de tanto que las hemos oído y repetido. Los derechos humanos alcanzados durante la Revolución Francesa en el siglo XVII no llegaron nunca a oídos de nuestras ancestras, mujeres que pasaron gran parte de sus vidas enclaustradas en sus casas o conventos, creyendo que de eso se trataba la vida, calculando el espesor exacto del chocolate en leche o zurciendo montañas de calcetines al marido y los hijos. Pasando de generación en generación, especialmente a sus hijas y nietas, el recetario de lo que debía y podía hacer y ser la mujer a lo largo de su vida. Enseñándole a sus hijos varones, a través de la aceptación voluntaria e incondicional del yugo, la sujeción de la mujer por el hombre por sécula, seculórum. Actualmente, lo más aterrador de todo este asunto que comenzó en nuestras tierras con la dominación española, es que la historia de la mujer en Guatemala no ha cambiado sustancialmente, ya que en pleno siglo XXI aún impera en nuestra sociedad el machismo y la desigualdad de género, fruto de una larguísima historia de dominación masculina y de marginación, en donde la mujer es relegada no sólo por motivos de género, sino por razones de clase, raza, y condición económica. Pleno siglo XIX, ¿no? |
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