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Es saludable abandonar la burbuja y visitar otros mundos, otras formas de vida. Alejarse de lo cotidiano, de lo previsible. Dejar el miedo, la asfixia, la puta miseria, los guardaespaldas, las sirenas, y atravesar calles y aceras sin temor a que te peguen un tiro o a que te aplaste un carro. Comprobar, al menos por unos días, que existen sociedades donde hay cierta coherencia entre lo que dicta la ley y lo que hacen los ciudadanos y el Estado. Es bueno, si, concederse algunos momentos en la vida para preguntarnos por donde andamos y que queremos, y verificar si todavía nos conmueven los sueños que alborotaron nuestra juventud. Poner la mano en el corazón y sentir cuánto queda de aquellos anhelos que un día pensamos serian nuestra brújula, nuestro camino irrevocable. ¿Cuánto de todo ello hemos dejado en el camino, a cuántos ideales y proyectos hemos renunciado porque fuimos dando el brazo a torcer, hasta que lo que terminamos torciendo fue el alma? Entiendo que soy un privilegiado, puesto que me he podido dar ese lujo. Tras siete años de encierro -Guatemala es un corral, un corral enlodado o, como dice mi amigo Aceituno, un lodazal con un montón de gente adentro, tras 2,555 días de vida monacal, tras vencer provisionalmente a un diablillo en el colon, tras la quimioterapia, tras la angustia (¡Santo Dios, y tantos libros aun por leer!), no está del todo mal salir y cambiar la perspectiva, para que el contraste permita captar mejor los relieves del paisaje interior. Desde esta terraza de café al norte de Francia, mientras el otoño me acaricia con su luz serena, yo les deseo a cada uno de ustedes que, algún día, puedan otorgarse también este placer y este privilegio. |
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