Para aquellos que puedan creer que existe una pugna personal de mi parte con el alcalde Arzú, me permito recordarles que fui el Procurador General de la Nación durante más de la mitad de su Gobierno y que nuestras relaciones interinstitucionales fueron ejemplares y, es más, que siguen siendo dignas de ejemplo en una materia tan sensible como lo es la relación del Presidente de la República con quien es el representante del Estado y el asesor y consultor de los órganos que lo integran, lo que implica, de su parte, su sujeción única a la ley, pese a que el otro lo designe y sea el Jefe del Estado.
No existe, pues, pugna personal alguna y pienso que no debe malinterpretarse, en un sentido semejante, que haya yo abordado algunos temas que considero que merecen la atención del Alcalde y que incluso le haya señalado algunos errores en que, por su propio bien, y el bien del municipio, no debe persistir. Esto no es obstáculo alguno para que no reconozca los varios aciertos que ha tenido en su carrera política y que, incluso, ensombrece con actitudes que no le corresponden. Nadie podrá negar nunca la determinante participación del presidente Arzú en el proceso de paz, hasta culminarlo con su firma. Sin restarle méritos a sus antecesores y a tantos precursores y piezas clave del proceso, directas e indirectas, mártires incluso, Álvaro Arzú firmó la paz e hizo posible la Guatemala que hoy vivimos, sumamente imperfecta, sin duda, pero bastante mejor que aquella otra del conflicto, la sumergida en el miedo y el silencio. Bastaría sólo con este acto, ¡óigase bien!, para justificar toda su carrera política.
Como periodista, jurista y político, es mi deber y mi indeclinable derecho de expresión, sin embargo, señalar en mi columna, la que nada tiene que ver con la función pública que desempeño, los actos y procedimientos seguidos por el Alcalde que no me parezcan correctos y que, en mi criterio, deban corregirse, precisamente para que pueda cumplir, en mejor forma, con la función que le compete, la que espero, como ciudadano guatemalteco y vecino de la ciudad de Guatemala, que se supere día a día y llegue a ser, ¿por qué no?, la mejor que pudiésemos tener.
Ha tenido Arzú luces y sombras. El hecho de haber firmado la paz lo compromete, incluso, en una forma que quizá no haya llegado a entender del todo y no es correcto que, como Alcalde, tome actitudes que desmerecen del firmante. En los pasados días no le lució para nada, tergiversar los hechos –inaceptable en aquel– y echar la culpa a los diputados –básicamente a los propios– puesto que tenía su Gobierno aplastante mayoría, de haber derogado el delito de enriquecimiento ilícito como que si él, el Presidente, no hubiese sancionado la derogatoria realizada. Pienso que las bases de entendimiento que firmara en otra materia y la decisión de su Gobierno de declinar un TPS –fue su Gobierno el que lo hizo a la luz de lo expresado por el embajador McFarland– pueden ser quizá, explicados, pero jamás negarse.
Por lo demás, a quienes pretendieran de mi parte un enfrentamiento de otro tipo con el Alcalde, sólo puedo decirles que mi objetividad es implacable, como preciso mi pensamiento cartesiano y que no tengo por qué negarle méritos, que los tiene y muchos, tal y como señalo sus errores.
La verdad de las cosas es que no existe ser humano que sea absolutamente bueno o absolutamente malo y que bien vale la pena que aprendamos todos a discutir y que sepamos respetarnos.
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