Sin duda alguna, contraviniendo sus propios deseos derivados de su característica y genuina modestia, he sentido la necesidad de plasmar en tinta y papel, de retratar a Carlos Torrebiarte, uno de los seres humanos más formidables que he tenido el privilegio de conocer en mis cinco décadas de vida.
He tenido la firme convicción, que el hombre no es lo que dice, sino que más bien, es lo que hace. En Carlos, por norma, siempre pude observar congruencia y coherencia absoluta entre lo que decía y hacía. A través de su testimonio y práctica habitual de vida, comprendí el profundo significado de las palabras honradez, probidad, sencillez, humildad, amistad, liderazgo, lógica, lealtad, tenacidad, valor y patriotismo.
Jamás dejó de sorprenderme su enorme capacidad de análisis y de estrategia, que le permitieron responder con pertinencia a las exigencias de cada coyuntura por dura y compleja que fuera, con criterio, decisión y nervios de acero.
Carlos, desde que lo conocí, más que una persona, era una verdadera institución inteligente y sensible, para todos aquellos que circunstancialmente gravitamos a su alrededor y tuvimos su guía a puerto seguro y sus consejos, por regla general llenos de sabiduría y sentido común.
Apasionado de la historia nacional. Ameno y gran conversador, al extremo que se podía pasar horas de horas platicando con él sin encontrar el cansancio. En enero de este año, en mi vieja casa de la zona 12, nos juntamos a las cuatro de la tarde –la puntualidad era otra de sus cualidades– y dimos fin a la plática, sorprendidos por la hora, a las dos de la mañana.
Hablamos de política, de historia, específicamente del régimen de Rafael Carrera, de su padre, del día de la dramática muerte de su padre y cómo y dónde se enteró del fatal y doloroso suceso, de sus días felices cuando vivía en la Santa Elisa, en la zona 12, y, por último, del grupo de amigos de la Cámara de Industria de mediados de la década de los ochenta y de los desafíos, luchas, sueños y proyectos que tuvimos en ese entonces.
Traga caminos empedernido, Carlos conoció la mayoría de rincones del país, algunos por puro interés histórico. Le hubiera gustado volver a realizar la jornada al lomo de una buena mula alazana.
Esa tarde–noche, en mi casa, ante dos testigos presenciales, le expresé a Carlos, que si la elección del tata de uno, fuese democrática y en consecuencia electoral, habría sido mi candidato. Cosa, que únicamente he expresado de la misma manera a Carlitos González Campo.
Es imposible que alguien pueda calzar el par de zapatos Cobán de Carlos Torrebiarte o llenar el vacío que ha dejado en su familia, en Guatemala, en sus amigos.
Su mayor legado son sus hijos y nietos, quienes reúnen las cualidades y atributos de su notable padre y orgulloso abuelo.
Un abrazo entrañable a sus familiares y amigos, de manera singular a Olga, su amada esposa, a María José, Charlie, Nacho, Sylvia y Diego y a Paulina, Camila y María.
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