En los laberintos de la justicia estadounidense, José Armando Llort Quiteño, ex presidente del Crédito Hipotecario Nacional, ha contado muchas, pero muchas historias.
Por: Claudia Méndez Arriaza
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elPeriódico tuvo acceso al testimonio de José Armando Llort Quiteño sobre las operaciones financieras ejecutadas en el Crédito Hipotecario Nacional (CHN) durante el año en que él fungió como presidente de la Junta Directiva del banco. El documento original está en poder de una Fiscalía en Estados Unidos, está escrito en inglés y la traducción que se presenta en esta nota es libre. ¿Que cómo se conocieron? La historia comenzó a principios de 1999. Llort no recordó con precisión en qué mes, pero mencionó que pudo ser enero o febrero de ese año. Entonces, dijo a los fiscales, Alfonso Portillo ya era conocido como el candidato a la Presidencia de la República por el Frente Republicano Guatemalteco (FRG) para el período 2000-2004. Y para ser precisos con las coordenadas, el primer encuentro entre Portillo y Llort fue en San Francisco Zapotitlán, Mazatenango. En ese lugar, de acuerdo con Llort, su familia tenía una finca de café. “Se hicieron amigos”, dice el documento. Y es fácil imaginar lo encantador que resultaba conocer a Portillo en aquella época: el FRG subía como la espuma de un alka-seltzer; la popularidad del entonces presidente Álvaro Arzú había caído en picada, con la sospecha de que en los procesos de privatización de las empresas estatales más grandes su círculo de allegados era el principal beneficiado. Portillo, en este contexto, ganaba el favor popular. Entonces, Llort y Portillo, “se hicieron amigos”. Amigos de los que se caen bien de inmediato, de los que se echan una mano, sobre todo en un momento en el que uno de ellos era candidato. Ese mismo año, contó Llort, prestó el avión de su familia para que Portillo hiciera dos viajes de Guatemala hacia Nicaragua. Los vuelos se hicieron en marzo y septiembre, y los planes de vuelo estuvieron a cargo del piloto Óscar Solares, quien laboraba para la familia de Llort. “Lo acompañaba Julio Girón y otras personas que el piloto no conocía”, relata el documento, “permanecían una noche en Nicaragua y luego regresaban a Guatemala con fuertes sumas de dinero”. Llort dijo que nunca supo las cantidades que trasladaron en su aeronave, pero “el piloto le contaba que los billetes venían en dos maletas”. José Armando Llort Quiteño desapareció de la faz de la tierra. En abril de 2001 renunció a su puesto de presidente de la Junta Directiva del CHN. La presión debió ser incontenible: los periódicos publicaron durante ese mes y el siguiente, plana tras plana, la historia de Q16 millones que aparentemente él otorgó en créditos a empresas vinculadas con sus familiares. El entonces fiscal contra la Corrupción, Ramiro Coronado, declaró que se levantaba una auditoría forense sobre los balances financieros del banco semiestatal, porque existía la sospecha de que Q25 millones más se hubieran hecho perdidizos bajo las mismas operaciones fachada: aparentes préstamos, aparentes sobregiros, aparentes pagarés. La primera semana de junio de ese año, una jueza del ramo Penal ordenó el arraigo de Llort. Y, apenas días después, la misma jueza ordenó su captura. Pero él ya no estaba en territorio guatemalteco. Años después, ante investigadores especializados en Miami, Florida, Llort contaría que salió de Guatemala apenas 24 horas antes de que emitieran su orden de arresto. Y revelaría que él apenas era el eslabón más débil de una gruesa cadena. A medida que avanzaba la campaña electoral de 1999, Llort penetraba en el círculo más cercano del candidato. Así fue como tuvo contacto con Julio Girón -secretario privado del ex presidente Portillo. “Lo conoció en el hotel Camino Real”, y eso, según el documento, sucedió durante el verano de 1999. Los oficiales estadounidenses marcan las épocas de acuerdo a su calendario: el verano empieza en junio y concluye en agosto. En esa ocasión, Girón preguntó al muchacho -entonces Llort rondaba los 30 años- si estaba interesado en organizar eventos para recaudar fondos y así apoyar la campaña electoral. La propuesta era que él donara la cantidad que lograra reunir. “No había promesas”, contó, “pero le ofrecían un puesto a cambio de la donación”. Hizo dos contribuciones: Q600 mil que provenían de fondos propios, y logró recaudar otros Q600 mil entre familiares y amigos. En total aportó Q1.2 millones. En diciembre de ese año, Portillo ganó las elecciones. Y dos semanas después Llort recibió la llamada de su amigo. “Cuando el Presidente lo llamó”, contó el testigo, “(Llort) respondió que siempre le había interesado la banca”. Entonces, según sus declaraciones, Portillo le mencionó que podía gestionar un puesto en la Junta Directiva de Banrural. “Pero antes de esa llamada”, reza su declaración, “ya lo había contactado Francisco Alvarado Macdonald para preguntarle si estaba interesado en dirigir el CHN”. Alvarado Macdonald, accionista mayoritario de los desaparecidos bancos Promotor y Metropolitano, fue uno de los principales financistas de Alfonso Portillo. La casa ubicada en la zona 14, donde este último vivió durante su período presidencial, era propiedad del banquero. Llort le contestó a Alvarado Macdonald que no estaba preparado para dirigir el CHN. “Nunca había estudiado en la universidad y de banca no sabía nada”, le dijo. Entonces, de acuerdo con su versión, Alvarado Macdonald le dijo que eso no era un problema: “Había otras personas que iban a ayudarle” y, según su testimonio, el oferente añadió: “como director no tendría que hacer nada; de las operaciones de día-a-día se encargarían Roberto Mazariegos y Sergio González”. Y poco tiempo después de asumir el puesto, en un partido de fútbol amistoso, a los cuales el presidente Portillo invitaba a sus amistades más cercanas, Llort entró en contacto con militares retirados; en esas chamuscas conoció al general Francisco Ortega Menaldo, y a los coroneles Jacobo Salán Sánchez y Napoleón Rojas. Ya como presidente del CHN conoció también a Byron Barrientos, el ex ministro de Gobernación, quien se acercó a él 15 días después de asumir la dirección de la cartera del Interior. Y, según Llort, este fue el primero que empezó a dar indicaciones que pronto revelerían cuál era realmente su función en el banco: “Se harían varias transferencias de varios millones de quetzales al CHN; provendrían de una cuenta del IGSS. El 8 por ciento de lo transferido debía ser colocado en diferentes cuentas: 6 por ciento en las de Portillo y el 2 por ciento restante debía ser repartido entre Ortega Menaldo y Napoleón Rojas”. Llort añadió en la lista de destinatarios de esos depósitos al ex vicepresidente Juan Francisco Reyes López y, según su versión, del 6 por ciento destinado a Portillo, debía ubicar 2 por ciento al vicemandatario. No recordó los números de cuentas, tampoco las cantidades, pero supo que después esos fondos fueron transferidos a otros bancos en Guatemala, Panamá y Estados Unidos. Entre estas cuentas, una a nombre de Patricia Arana de Ortega -esposa del general Ortega Menaldo- en el Hamilton Bank. El redactor del documento, que contiene el testimonio de Llort, anotó al margen de esas líneas que el testigo proveyó copias de los papeles con los cuales se registraron dichas operaciones financieras en el CHN. Y, mientras transcurrió el primer año de gobierno de Portillo, Llort sostuvo contactos diarios con Ortega Menaldo. A finales de ese año, este le pidió otra operación. “Debía conseguir Q16 millones de fondos públicos, pero durante la conversación nunca explicó para qué”, añadió Llort. “Ortega Menaldo pidió ayuda para que el un porcentaje de esa cantidad fuera destinado a sus fondos personales”. En los meses posteriores a su partida, el escándalo de Llort se apagó poco a poco. Otros casos ganaron la indignación de la sociedad -la fuga de los reos más peligrosos del país de una cárcel de ¿máxima seguridad?, la quiebra consecutiva de tres bancos (entre ellos los de Alvarado Macdonald), un desfalco millonario en el Seguro Social. Además, en septiembre de 2003, Byron Berganza, un poderoso narcotraficante guatemalteco, fue capturado por la DEA en circunstancias bastante singulares. Un informante de la agencia antinarcótica invitó a Berganza a cruzar la frontera Guatemala - El Salvador, a fin de cerrar un negocio de drogas. Entonces, justo en el momento en que el narco se registró en la frontera, fue detenido por agentes de la Policía salvadoreña, quienes lo entregaron a los agentes federales de Estados Unidos. Y, después de una llamada a las oficinas centrales de Washington D.C., un avión se dirigió a El Salvador para trasladar al narco a una cárcel en Nueva York. Un rumor daba cuenta que Llort era testigo protegido de la DEA. Y, en efecto, lo era: Llort fue el informante clave para arrestar a Berganza, el poderoso señor de la droga del oriente guatemalteco, a quien las autoridades estadounidenses habían perseguido desde la década de los noventa. Aunque este hecho no se hizo oficial sino hasta que, en marzo de 2004, uno de los defensores de los acusados en ese proceso de narcotráfico anunció algo particular acerca de Llort. Fue Roy Black -un penalista famoso por su victoria en el controvertido caso de violación enderezado contra William Kennedy- quien declaró a El Nuevo Herald de Miami cuál era la suerte del ex presidente del CHN. Entonces Llort era un testigo protegido de la justicia estadounidense. “Yo quedé realmente fascinado con la estructura financiera diseñada por Llort”, declaró Black en esa entrevista. Esa estructura financiera no tenía nada que ver con el negocio de la droga, pero la revelación indicaba algo significativo: las declaraciones sobre las operaciones financieras en el CHN ya eran objeto de investigación por parte de las autoridades de Estados Unidos. Ese mismo año, sucedió un hecho inusual durante la conferencia organizada por la fundación Lavado de Dinero, una entidad dedicada al estudio de casos y leyes relacionadas con operaciones financieras ejecutadas al margen de la ley. El seminario se celebró en Costa Rica. Arístides Jiménez, representante de la Unidad contra la Corrupción Pública Extranjera de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), anunció que las cortes habían logrado decomisar bienes en territorio estadounidense cuyo valor ascendía al menos a US$3 millones. “Los fondos provenían de Centroamérica y fueron utilizados en Estados Unidos para comprar bienes”, dijo en la conferencia a la que asistieron periodistas, abogados, fiscales e incluso legisladores del hemisferio. E infirió que se trataba de dinero proveniente de fondos públicos malversados durante la administración de Alfonso Portillo. Incluso, mencionó que habían detectado cuentas de los guatemaltecos implicados en los bancos Total y Hamilton. Un día después, el fiscal se retractó e insistió en que se le había malinterpretado. “Tal vez hubo mezcla de información cuando se discutió el caso de Nicaragua”, dijo ante la misma audiencia. Tomó sus cositas y se fue. No concluyó su participación en el evento. ¿De qué manera operaba la estructura financiera tan fascinante de Llort? Así: todo el dinero era transferido a una cuenta, de la cual los fondos eran transferidos a donde indicaran sus socios. Luego, esos fondos se presentaban en los balances financieros como gastos de operación. Y los gastos de operación se justificaban con mágicas papeletas que pronto se adquirieron en el activo mercado negro de facturas. “Daban facturas hasta por un máximo de Q900 mil”, le contó Llort a los fiscales estadounidenses, “y las cuentas que más se usaron (para extraer fondos) fueron las que Guatel y el IGSS tenía en el CHN”. Ocupó entre seis y ocho semanas para conseguir esos Q16 millones que Ortega Menaldo solicitó a finales de 2000. Y de esos Q16 millones, este general le pidió a Llort apartar Q600 mil. “Ortega Menaldo dijo que eran para comprar equipo de escuchas telefónicas, y dijo que era una orden de Portillo”, consta en la declaración de Llort, y “la compra fue hecha por el Jefe de Finanzas del Ministerio de la Defensa”. Según Llort, el equipo fue instalado en una residencia en la zona 9. Ortega Menaldo explicó que era una casa propiedad de su esposa Patricia Arana. Llort no recordó la dirección. Años después, en una reunión informal, un ex funcionario del gobierno de Alfonso Portillo contó que esa casa de escuchas telefónicas se ubicaba muy cerca del restaurante La Media Cancha (en la zona 9). Así que, cerca de los famosísimos churrascos argentinos, en la ciudad había todo un aparato de inteligencia para escuchar a “enemigos políticos” del régimen, explicó Menaldo a su joven colaborador. Entre ellos, periodistas y políticos de oposición. Si Portillo tenía conocimiento de esto, Llort no lo aclara en su testimonio. Pero es obvio que el ex Presidente no sabía esto: que Ortega Menaldo también interceptaba sus comunicaciones. Pobrecito Portillo. Sus pláticas oficiales o privadas, pinchadas por el amigable general. “¿Cómo obtuvo esa información?”, preguntó uno de los presentes en la sesión durante la cual Llort proporcionó esta declaración. Muy fácil: el propio Ortega Menaldo empezó a entregarle a Llort las conversaciones del entonces presidente. El general entregaba le dejó ver todas las pláticas “en las que Portillo mencionaba a Llort”. Eso dice su testimonio. Me encontré con Llort en julio de 2004. En realidad no fue una cita convenida, tampoco fue amigable. Entonces creí que fue un encuentro hostil, pero he llegado a la conclusión de que Llort estaba tan nervioso como yo, el día que nos vimos en el parqueo de un edificio en Doral, Florida, Estados Unidos. Un confidente filtró a elPeriódico el número telefónico a través del cual se podía localizar al ex presidente del CHN en Estados Unidos. Llort era testigo protegido, y lo más probable es que se moviera bajo otra identidad. Y, aunque fue fácil ubicar su residencia gracias a las bases de datos en aquel país, era poco probable que nos encontráramos en su vivienda. Vivía en un complejo habitacional, del tipo apart-suites. Para que alguien pudiera entrar debía ser invitado. Es obvio que yo no era invitada de Llort. Cómo querría él recibir en la sala de su casa a una periodista del país de donde había huido de los escándalos de la prensa y de la justicia. ¿Cómo sería la vida de Llort en Miami? Si su perfil correspondía a un hombre activo en los negocios -no importa de qué índole-, si era el creador de una “fascinante estructura financiera”, probablemente el paraíso fiscal miaminesco era una tentación. Y lo era. Encontré que el único lugar donde él había dejado su nombre real era en la División de Corporaciones de Florida. Junto con un venezolano y una colombiana había fundado una empresa llamada Preferred Marketing Services. Al localizar la dirección de la empresa, resultó que en la misma dirección, en el Edificio 7925 NW en la 12 Calle de Doral, sus socios colombianos y venezolanos habían fundado al menos 14 empresas más dedicadas a la gama más amplia de servicios que meses más tarde se verían envueltas en un escándalo. Su oficina estaba ubicada cerca de su residencia. Telefoneé a Preferred Marketing Services. La amigable voz de un hombre con acento cubano me contó que la empresa se dedicaba a extender líneas de crédito, especialmente a latinos. “Tú sabes, con lo difícil que es para nosotros conseguir un creditito aquí”, me dijo. Interrumpí y pregunté por José Armando Llort Quiteño. El hombre me contestó que nadie en esa empresa tenía ese nombre. Pedí que verificara, pero me respondió que allí trabajaban 70 personas y que no podía ir preguntando de uno en uno quién se llamaba así. Cuando le dije que era el nombre del fundador de la compañía me dejó en espera. Y luego Llort levantó el teléfono: estaba molesto. Me preguntó de golpe cómo había averiguado sus datos. Yo le expliqué que quería sostener un reunión con él para hablar de sus casos pendientes en Guatemala. Entonces cambió de voz: me aseguró que era venezolano, que no tenía nada que ver con Guatemala, que muchas gracias. Tuuuuuu… Colgó el teléfono. Visité ese edificio en Doral. Llegué a la puerta de su oficina, ubicada en un pasillo donde había toda una hilera de puertas. Me temblaban las piernas. El amigo fotógrafo que me acompañó dijo: “Mejor esperemos en el parqueo, porque aquí no hay para donde salir corriendo”. Bajamos al estacionamiento. Las piernas no me aguantaban más, decidí sentarme en la banqueta cuando Llort apareció entre los carros. Mi acompañante empezó a disparar su cámara y Llort se detuvo frente a mí. “¿Usted es la que me llamó?” preguntó. “Yo sé muy bien dónde, en qué hotel está hospedada; hice mis averiguaciones”, dijo alterado. Intenté hablar. Entonces empezó a dar pasitos hacia atrás. “Voy a llamar a la Policía”, dijo. Y así como llegó, se marchó. Iba apresurado. Meses después, Preferred Marketing Services y las 14 empresas que funcionaban en la Suite 407 fueron allanadas y sus operaciones clausuradas por la Comisión Federal de Comercio (FCC). La FCC advertía a los latinos, a través de su página web y canales de televisión en español, que no hicieran caso de los anuncios de esa empresa, porque todo se trataba de un fraude. En enero de 2001, Llort cumplió un año en sus funciones como presidente del CHN. En su primeros 12 meses aprendió a organizar las cuentas que, como ruletas, repartían fondos a Ortega Menaldo y Compañía Limitada. Entonces, llegó febrero y una orden operativa más del astuto general Ortega Menaldo. Llort le contó a los fiscales estadounidenses que la orden indicaba que en las próximas semanas ingresarían quetzales en efectivo que él debía cambiar a dólares. Eran miles de billetes. A la propia bóveda del banco los condujeron los coroneles Rojas y Salán “en el carro del vicepresidente. La placa era 0-2” relató Llort en su testimonio. El dinero de nuevo se repartió a diferentes cuentas. Y la revelación se hizo pública con una investigación de Coralia Orantes y Carlos Menocal, entonces reporteros de Siglo Veintiuno. En marzo de 2004, la investigación develó, entre otros detalles, que los fajos de billetes ingresaban a la bóveda con precintos del Banco de Guatemala. Y que los receptores debieron trabajar largas horas para ingresar los fondos a cuentas del CHN. Los reporteros tenían copia de 18 boletas de depósitos monetarios que sumaban en total Q42.8 millones que el CHN ingresó a sus balances, entre el 9 de febrero y 30 de marzo de 2001. La investigación de Orantes y Menocal descubrió además el destino de los fondos: “Mediante estas y muchas otras operaciones bancarias de diversa índole que facilitó el CHN, algunas aún sospechosas, pero la mayoría de indudable configuración delincuencial, un grupo de personajes ligados al ex presidente Portillo, presuntamente logró lavar dinero de procedencia delictiva común y de las arcas estatales. Luego, trasladarlo a cuentas bancarias en el extranjero (Panamá, Estados Unidos y Europa) bajo sus respectivos nombres o de familiares y testaferros”. Los periodistas pusieron el ojo justo en el blanco cuando descubrieron que parte de los fondos se había destinado a empresas vinculadas a Llort, pero además a Ortega Menaldo y su esposa Patricia Arana de Ortega. En total, los esposos Ortega recibieron cerca de Q4 millones. El general Ortega Menaldo explicó a los reporteros que, en efecto, ellos habían recibido ese dinero, pero correspondía al pago por la venta de una finca suya ubicada en Puerto Barrios. Los reporteros insistieron: “Tenemos documentado que esas empresas ordenaban al CHN que le pagara a su esposa a través de Confia (financiera de la cual Llort era socio). La justificación del negocio no era el pago de la finca, sino compra de moneda extranjera”. Y el General respondió: “Ellos compraron la moneda extranjera. Eso es del negocio de la finca y no de otro negocio”. Llort contó a los fiscales de Estados Unidos que, de hecho, una parte del dinero de esas operaciones se usó para la compra de una finca. No obstante, no es la misma que mencionó Ortega Menaldo. “Se usó para comprar en Zacapa una finca a Ángelo Bruno Stragá, el propietario del banco del Nororiente”, dice el documento de los fiscales. El tiempo reveló después que la casa que Portillo construyó para su retiro en Zacapa se erigió sobre un terreno de Ángelo Bruno Stragá. Este último es hoy prófugo de la justicia guatemalteca, después de la quiebra de su banco. Una historia en corrillos judiciales da cuenta que volvió a la tierra de sus ancestros: la vieja Italia. En la misma entrevista, Ortega Menaldo pidió a los periodistas: “Hay que tener cuidado porque los cheques de mi esposa son depósitos mínimos de la venta de una finca. No es un depósito millonario. Les ruego que con lo de mi esposa seamos bastante objetivos”. Y añadió que era un hombre retirado, que vivía su vida en paz, alejado del bullicio capitalino. “No somos millonarios”, agregó, “hasta pena nos da; teníamos que vender una casa en la zona 9 y la vamos a alquilar porque nos han acorralado tanto”. La publicación de Menocal y Orantes fue reconocida por el Instituto de Prensa y Sociedad entre las 12 mejores investigaciones periodísticas a nivel latinoamericano durante 2004. “Nos han acorralado tanto. Con mi esposa seamos bastante objetivos”. Lástima. El General Ortega ignoraba que en otro proceso, en Estados Unidos, el nombre de su esposa se mencionaba a cada rato: como recipiente de otros dudosos depósitos ejecutados en 2000 o como propietaria de la casa desde donde se hicieron las escuchas telefónicas. Los defensores de los narcotraficantes, a quienes Llort entregó en El Salvador, saltaron de histeria cuando descubrieron a qué se dedicaba el testigo base de la Fiscalía Antinarcóticos en Nueva York. “Así que viene a vivir protegido como testigo y ¡se dedica a estafar!”, vociferaba un elegante abogado en su bufete en Nueva York. “What kind of deal are we getting here?” ¿Qué clase de tratos tenemos aquí?, alegaba indignado. Nunca se supo. Las autoridades neoyorquinas son más que herméticas. La respuesta del fiscal es siempre la misma: De una investigación en curso no podemos dar declaraciones. Las empresas de Llort afectaron a decenas de latinos que, conmovidos por la promesa anunciada en el Canal 16, llamaban para poseer una tarjeta de crédito. Conocí a uno de ellos. Era un caribeño cuarentón residente en el Bronx quien me contó que él había caído en la trampa, coño; que miraba la telenovela Pasión de Gavilanes cuando vio el anuncio; que había llamado de inmediato y que una mujer, siempre caía en la trampa femenina, coño, le había dicho que era un programa para desafortunados latinos como él, que nunca serían sujeto de crédito en América. Y que en la mismita semana había enviado los US$350 dólares por el correo. Y que cuando, a la vuelta, recibió un tarjeta de plástico, sí, pero que lo acreditaba como miembro de un club de compras por catálogo de baratijas chinas, sintió amarga la saliva en la boca. Y que cuando descubrió el fraude se quiso morir, ¡coño! a su edad, engañado como un niño bobo. “Y Llort, tranquilo. Sí señor”, dijo por el teléfono una abogada en Miami, defensora de uno de los hombres implicados en el proceso de narcotráfico. La intención de los defensores de narcos era esta: desacreditar a Llort como testigo en el proceso de narcotráfico. En el juicio que se celebró contra Berganza, en marzo de este año, la fiscalía no presentó a Llort como testigo. En cambio, presentó a Marco Antonio Lara, co-acusado con Berganza, para que soltara la sopa. El trato fue dejarlo libre a cambio de acusar a Berganza. La justicia estadounidense quedaba tranquila con Berganza en prisión. Guatemala, lentamente, cursó la petición de extradición de Llort en 2007. Estados Unidos hasta hoy no ha respondido a tal pedido. Hace aproximadamente un año, el entonces fiscal general, Juan Luis Florido, declaró que ellos no supieron nunca más sobre Llort. Sus fiscales, en determinado momento, quisieron entrevistarlo en 2004. Las autoridades estadounidenses pusieron a disposición una sala a donde llegó Llort. Fue imposible, no obstante, conseguir mucho al hablar con él. Su condición de testigo protegido lo convertía en un intocable. El ex fiscal Florido respondió que lo único que sabía sobre Llort era que vivía en un tranquilo estado americano (¿Missouri? ¿Kentucky?, ¿Kansas?, ¿Alaska?, ¿Hawái?) con otra identidad (¿venezolano?, ¿colombiano?, ¿caribeño?) y un estilo de vida modesto. “Con el estipendio mensual que le proporciona el programa”, agregó Florido con una mueca. A principios de abril de 2001, Portillo llamó a Llort. En su testimonio explicó que durante la plática el ex presidente le comentó que ya todas las irregularidades del banco se reportaban en la prensa. Estaba preoucupado. “Que renunciara le pidió”, consta en el documento, el Presidente, según Llort le dijo “que no se preocupara por todo lo legal”. Entonces Llort renunció. Su sucesor asumió la presidencia de la Junta Directiva a finales de abril de 2001. Y en ese contexto, de acuerdo con Llort, “Ortega Menaldo llamó de nuevo”. “Le dijo que se fuera”, que a pesar de que el Presidente le había dicho que no se preocupara por todo lo legal, “la orden de captura iba a salir, que se fuera. Eso fue el 17 de julio”, agregó Llort.Ese día se marchó. Horas antes de que la jueza ordenara su arresto. Llort llegó a El Salvador. Y allí fue perseguido por sus antiguos socios: en los negocios de café y en una financiera aparentemente había deudas no saldadas, y sus problemas llegaron a las amenazas de muerte. Es en este momento cuando entró en contacto con la DEA. Y pronto su historia se multiplicaría complejamente en los vericuetos del sistema legal estadounidense. Años después, Alfonso Portillo se entregó a la justicia guatemalteca y quedó sujeto a una acusación por peculado facilitar la sustracción de fondos públicos. La Fiscalía guatemalteca nunca tuvo acceso a las declaraciones de Llort. Y Ortega Menaldo permanece en el retiro. |
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