No deja ser aventurado asistir a una presentación de ópera en Guatemala, sobre todo luego de las relecturas tan particulares presentadas recientemente por Stefano Poda. Sin embargo, el montaje de Lucía de Lammermoor, producido y dirigido por Geraldina Baca es, sin lugar a dudas, una de las sorpresas más agradables que nos ha dado este annus horribilis del bel canto guatemalteco.
Desde el principio, Geraldina advierte sobre las limitaciones del espectáculo, que se hacen evidentes en lo inadecuado que resulta para este tipo de presentación un auditorio que carece de foso para la orquesta. Y luego, el hecho que el acompañamiento musical sea dado no por una orquesta, como demanda la partitura de Donizetti, sino por un ensamble reducido a un piano acústico, un piano digital, un clarinete, una flauta, un arpa y un juego de percusión.
Pero los arreglos hechos por el director Eric Culver, que asignan el papel líder en la narrativa musical al arpa, interpretada de manera impecable por Otto Thiel, y al piano acústico, a cargo de Gabriela Castro, le dan todo el soporte necesario al clarinete y, en particular, de los soberbios fraseos del maestro Julio García Peláez. Seis músicos y un estupendo arreglo que no hacen que echemos en falta el sonido envolvente y denso de un grupo mayor, y que en un auditorio de las dimensiones del de Juan Bautista Gutiérrez, logran un adecuado balance con el coro y, lo que es más importante, nunca compiten con las voces de los protagonistas.
Este espacio tan breve no da para analizar el desempeño de todos los participantes. Baste decir que el rol de Enrico Ashton, fue muy bien asumido por Luis Felipe Girón May, tanto en términos líricos como dramáticos. Un excelente trabajo de Gary Relyea, como Raimondo, el sacerdote calvinista. Relyea está hecho a la medida para este papel por su físico y, sobre todo, su voz poderosa de bajo profundo. El tenor mexicano Dante Alcalá, de breve pero fecunda trayectoria, augura con esta actuación una continuidad de éxitos.
La estrella de la noche fue la soprano coreano–canadiense Sookhyung Park. La señorita Park es tan carismática que logra una instantánea y sólida empatía con el público. A la impecable técnica de su canto agrega una convincente expresión corporal y facial. Su irrupción en el segundo acto, luego de haber asesinado a su esposo, la escena de la locura, es impresionante. El diálogo que se entabla entre ella y la flauta, en una impecable interpretación del maestro García Peláez, constituye el momento más notable de esta presentación. Tiene un timbre muy bello y una gran potencia para proyectarlo sin mayor esfuerzo hacia el auditorio.
Por último, la escenografía: creíble, estéticamente placentera y sin excesos. Con pocos recursos, mucha imaginación y creatividad, Geraldina Baca ha realizado un espectáculo de calidad. No dudo que para quienes iban por vez primera a una ópera, han quedado convidados para la próxima.
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2 comentarios:
Hans Thiel: (2008-10-14 19:09:08 horas)
Como hermano del arpista, me tocó presenciar uno de los ensayos y el esmero derrochado por los participantes era evidente. Creo que los experimentos del maestro Poda le hacen un flaco servicio a la ópera en Guatemala, contrastando con el abordaje tan afortunado de Geraldina, ad hoc para los no iniciados, como bien comentó el columnista. Me uno a las felicitaciones para todos los participantes.
Marjorie Koplowitz: (2008-10-14 01:59:43 horas)
Que agradable es leer noticias positivas como esta. Geraldina, adelante!!!
2 comentarios: