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Guatemala, domingo 19 de octubre de 2008

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elAcordeón:

Máquina del Tiempo: Desamor

Tenía ya los calcetines en la mano cuando levantó la vista y vio que en la caja estaba su cuñada.

Arturo Monterroso

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
Siempre se encontraban en las mismas tiendas, a donde iban con frecuencia para matar el tedio. Bueno, eso era antes, cuando ya le había pasado el entusiasmo de recién casada y se aburría viendo cómo las sirvientas arreglaban la casa. Pero después vinieron los hijos y ya no pudo disponer de tanto tiempo; apenas de lo suficiente para reunirse con las amigas una vez por semana. Así que hoy sólo había pasado a comprar un regalo de cumpleaños para su marido. Se trataba de una operación rápida y aséptica que no le tomaría más de veinte minutos porque siempre compraba lo mismo: media docena de calcetines grises de la única marca que le gustaba a su marido. Todo parecía haber salido bien hasta ese momento: el parqueo disponible frente a la puerta del centro comercial; la tienda casi desierta, como si hubiera estado esperándola solo a ella, y el pasillo libre hasta la sección de ropa interior masculina, donde había un rótulo que anunciaba una rebaja en los precios de la marca que buscaba. Pero ahora que ya tenía los calcetines en la mano había visto a su cuñada. La mujer acababa de pagar unos calcetines idénticos a los que ella había escogido y vigilaba que la empleada los empacara con esmero. Sintió un vacío en el estómago. Esa hermana de su marido se parecía tanto a ella: perfeccionista, pragmática, displicente.

En algún momento había perdido el gusto por la vida. Y aunque todavía era esbelta y tenía el cutis impecable y el cabello reluciente, había olvidado la gracia de ser atractiva. El placer del amor, la sensualidad y la ternura se le había difuminado en un pasado lejano, que su cuerpo no lograba recordar. Una comida sin restricciones era impensable, tanto como perder el tiempo escuchando música, desparramada en un sillón, como en la adolescencia; en el mundo confortable y práctico donde ahora vivía no tenían lugar los libros, a menos que sirvieran para algo, aunque fuera para aprender a decorar la casa. Pero de vez en cuando le daba nostalgia la poesía. Y por ese prurito de estar siempre nítida, la bicicleta se le había oxidado en el garaje. Se había casado para asegurarse un futuro sin sobresaltos y lo había logrado: tenía un marido inteligente, ambicioso y disciplinado, con una posición aventajada en la vida.  Así que no sabía por qué de un tiempo para acá había empezado a sentir que se asfixiaba. Ella, que siempre había tenido un sentido lúdico de la existencia, que tenía la risa fácil y la ironía a punto en la boca, se había convertido en una señora insufrible. El amor, repetía como sus amigas, no sirve sino para conseguir un buen partido. Insistir en ello después de los treinta es falta de madurez. Además, ya se sabe, la pasión solo dura mientras aparecen los defectos, el mal humor y el cansancio. Después hay que sentirse feliz si uno consigue una economía estable, una relación respetuosa y un poco de cariño. Había que aprender a comportarse frente a la gente, a disfrazar de austeridad la falta de dinero y a distraer en actividades útiles las necesidades afectivas que, de vez en cuando, afloran en la piel.

Con los calcetines todavía en la mano, pensó que, como todos los años, se los daría a su marido esa noche después de la cena. Luego, cuando se fueran los invitados, él la compensaría con un abrazo desangelado. Ya en el dormitorio guardaría sus calcetines en la gaveta, se iría a lavar los dientes y se metería en la cama con una sonrisa cansada. Casi en sueños, le hablaría de los seguros, de las inversiones en dólares y del ahorro para enviar a los niños a estudiar en el extranjero. Había que prever todo. Para cuando ella le contara que le dolía la cabeza y que no podía dormir desde hacía un buen tiempo, él ya estaría dormido. Sin duda, su marido era un buen hombre, pero ella tenía una tormenta a punto de estallarle en las entrañas. Soltó los calcetines.  De pronto le pareció un acto fatuo e inútil, como casi todo lo que llenaba su vida. Y salió de la tienda, perseguida por su propia imagen que se multiplicaba en los espejos.

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2 comentarios:

  1. Liliana Lainfiesta: (2008-10-23 21:29:57 horas)
    Muy buena pieza literaria que nos deja el deseo de que continuara. Felicitaciones a su autor. Es un descanso entre tanta noticia de violencia y corrupción, y no digamos, las tonterías del fut ball.
  2. Douglas Henry: (2008-10-23 12:52:29 horas)
    Lamentable leer el caudal de comentarios que despiertan otros temas como el fut guatemalteco, y esto que es una pieza de arte, no haya ni un solo alma. Pero, como para decir lo malo basta lo colmado de otras noticias, mejor felicito a esta seccion que cada domingo hace deleitar a los que disfrutamos la buena literatura. Gracias a los redactores y editores de suplemento Acordeon. Agradeceria publicaran una entrevista reciente de Fernando Savater. De antemano gracias.
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